Anda el ambiente muy caldeado últimamente con la Real Academia de la Historia y con su inmenso Diccionario Biográfico. Yo creo que no es para tanto. Quienes se enfadan con dicha institución se olvidan del verdadero propósito y significado de la Academia a pesar de que el nombre de la misma lo evidencia: Real por monárquica, no por realista ni verídica; Academia en cuanto a casa donde los académicos tienen sus juntas (segunda acepción recogida por el DRAE), donde se toman unas copitas y hablan distendidamente de sus cosas y otros cotilleos; de la Historia entendiendo como Historia aquellas historietas que uno se inventa para hacer más amenas las veladas (narración inventada, dice también el DRAE). Teniendo estos parámetros claros no hay motivo para enfadarse con ellos ni con ese costoso (pagado con el dinero de todos) Diccionario Biográfico. No es que hayan tergiversado la Historia ni que hayan omitido datos, simplemente han optado por seguir una tradición literaria que, como cualquier otra, se origina en Homero y que consiste en recrear, más exactamente en inventar. Estoy convencido de que sus fuentes son fidedignas y de que existe un arduo trabajo de documentación detrás de cada entrada del denostado diccionario. Según me ha contado un pajarito uno de los documentos en los que se han basado para su perfil franquista, no como fuente directa, sino transversal, fue la maravillosa obra de Bolaño: La literatura nazi en América, donde los nazis no son tipos deleznables y donde se demuestra que las bases de su ideología tienen más que ver con el bucolismo pastoril que con el fanatismo o la intolerancia. Solo así se entiende la extraordinaria visión idílica (incluso lírica) que de Franco presentan. No se trata, pues, de una obra Histórica, sino historiada; vamos, una ficción, ni más ni menos. Siguen los pasos de Marcel Schowb, de Borges, de Aub y su pintor Jusep Torres Campalans, del propio Bolaño. Lo único que yo les reprocharía es la falta de estilo, de elegancia prosística, la ausencia de una retórica cuidada, el simplismo de la sintaxis utilizada y eso, tratándose como se trata de una obra de ficción, es un pecado imperdonable.
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jueves, 23 de junio de 2011
miércoles, 16 de marzo de 2011
NOCILLA REMAKE
Me gusta la nocilla. Devoro los botes de nocilla. También me gustó la experiencia Nocilla de Agustín Fernández Mallo. Recuerdo con agrado el primer libro de esa trilogía de merienda: Nocilla Dream. Me atraparon las breves historias en apariencia inconexas, las descripciones poéticas, la plasmación de esas paradojas imperceptibles que nos rodean constantemente. También me gusta su poesía científico-existencialista con versos sartrerianos y a la vez eisnteinianos, versos del tipo: [como la ecuación x=y sin solución, o el beso]. Poesía pospoética la llama él y como todo artista que se precie elaboró una sesuda teoría que sustentara su posición lírica, recogida en: Postpoesía, hacia un nuevo paradigma; libro con el que quedó finalista del Premio de Ensayo Anagrama. Hace unos días Alfaguara ha publicado su última novela: El hacedor (de Borges), Remake. Me choca la palabra Remake en el título, influencias del mundo cinematográfico, supongo. Sin embargo, desde Homero, según dicen, todo es remake en esto de escribir. No creo que sea necesario indicarlo. Es una obviedad. Salvo que opte por la postura defendida por Atxaga en Obabakoak cuando habla del método para plagiar, según el cual la manera más efectiva de perpetrar un plagio es hacerlo de forma ostensible y así, si te acusan de copista, siempre te quedará la defensa de un pretendido homenaje al escritor admirado. El hacedor (de Borges), Remake; lo deja claro desde la portada. Es un plagio, sí, pero avisado; puede alegar Fernández Mallo. Sin embargo, no es un plagio. No al menos del primer autor de El hacedor (versión original, habrá que decir ahora). Es un plagio de sí mismo, vicio frecuente también en esto de la escritura. Primero se plagia a Homero o a otro cualquiera que haya plagiado a Homero, después simplemente se plagia el propio plagio (Auster es un digno representante de dicha modalidad). Esto es lo que hace en esta nueva entrega, que yo incluiría dentro de la saga Nocilla, Agustín Fernández Mallo. Claro, que el universo de Borges le viene como anillo al dedo, pero no es más que una excusa. Una excusa válida, desde luego, para continuar relatando esas historias breves, paradójicas y deliciosas que nos ha venido contando hasta ahora, esas historias nocilla, cuentos de merienda; para chuparse los dedos. A mí me gustan, me gustan mucho, las devoro, aunque creo que no le vendría mal hacer un nuevo viaje a esas tierras lejanas de Tailandia y quedarse quince días en la terraza del hotel (con la cadera sana, desde luego), quizá así concluya el ciclo de los dreams, los projects y las experiences y nos sorprenda con otros remakes. Mientras tanto, continuaré disfrutando de estas rebanadas de nocilla.
martes, 16 de marzo de 2010
VISIONES ARQUITECTÓNICAS
Del mismo modo que sucede con la fisionomía de los personajes cada lector reconstruye los espacios que el autor le presenta en el texto. Paisajes, edificios, diversas construcciones y un sinfín de elementos arquitectónicos son procesados, a través de la lectura, por nuestro cerebro y somos capaces de visualizarlos recreando el escenario. Esta construcción es, evidentemente, subjetiva y única. La imagen mental que yo tengo de Comala nada tiene que ver con la de cualquier otro lector de Pedro Páramo y mucho menos con la que el propio Juan Rulfo tuvo al describirla. Los datos objetivos se encuentran en el texto, pero la interpretación individual de estos datos es lo que confiere a la narrativa y a toda la literatura en general un carácter mágico. El Círculo de Bellas Artes presenta una exposición sobre estos espacios narrativos; ARQUITECTURA ESCRITA. Numerosas maquetas realizadas por alumnos de Arquitectura de diferentes universidades recrean escenarios literarios. En algunos casos, como sucede con La casa de Bernarda Alba, hay visiones opuestas de un mismo espacio, lo cual ratifica, una vez más, aquello de que hay tantas versiones de una misma obra literaria como lectores. Platón, Dickens, Borges, Lorca, Bran Stroker y otros muchos autores sirven de inspiración para estos futuros arquitectos. Hay algún caso enigmático, como el de Betusta, escenario de La Regenta de Leopoldo Alas, cuya recreación o era inexistente (a pesar del cartelito explicativo) o no fui capaz de descubrir y, a nivel personal, se echaba de menos algún que otro escenario de mi particular mitología literaria como podría ser el caso de Macondo. De todas maneras es una exposición que merece la pena visitar por ser diferente y por confrontar las visualizaciones de cada cual con las de otros lectores sean o no estudiantes de arquitectura.
jueves, 31 de diciembre de 2009
ITALO CALVINO, UN CLÁSICO

Ale, de Verona, me dijo: Tienes que leer a Italo Calvino. Yo sabía quién es Italo Calvino, pero no recordaba haber leído nada de él. Así que siguiendo el consejo y el criterio de Ale me fui a la biblioteca y busqué en la C alguno de sus libros. Había muchos, miré los títulos, observé las contraportadas, dudé entre las novelas y los cuentos y al final descubrí en esa estantería de Narrativa un título que tendría que haber estado en la estantería de Ensayo; Por qué leer los clásicos. No lo dudé un instante. Elegí ese libro. Antes de adentrarme en Italo Calvino quería conocer sus referencias, sus gustos y sus opiniones sobre otros autores. En este libro Calvino hace un repaso a los grandes autores de todos los tiempos, desde Homero hasta Pavese, pasando por Balzac, por Dickens, por Flaubert o por Borges. No se trata de un libro de crítica ni de análisis estilístico, que también lo hace, se trata, en realidad, de un libro de amor, de admiración y cariño hacia esos autores que han significado mucho en la vida de Italo Calvino. Por cierto, me ha descubierto y despertado, este libro, enormes ganas de leer a Carlo Emilio Gadda, del que no supe nada hasta que descubrí que Kirmel Uribe le dedicaba uno de sus poemas y que he encontrado, ahora, entre las referencias de Calvino.
En la introducción de este libro Calvino da catorce definiciones de lo que se puede considerar un clásico en literatura. La primera de ellas dice; Los clásicos son esos libros de los cuales se suele oir decir “estoy releyendo…” y nunca “estoy leyendo…” Y es verdad que a veces nos da vergüenza admitir que no hemos leído un libro considerado indispensable. En otra de sus definiciones califica a los clásicos como: un libro que se configura como equivalente del universo, a semejanza de los antiguos talismanes. También dice; Se llaman clásicos a los libros que constituyen una riqueza para quien los ha leído y amado, pero que constituyen una riqueza no menor para quien se reserva la suerte de leerlos por primera vez en las mejores condiciones para saborearlos. Esta introducción concluye con una sentencia llena de sabiduría y de sentido del humor, características en la prosa de Calvino; La única razón que se puede aducir es que leer los clásicos es mejor que no leer los clásicos. Esto mismo sirve para Italo Calvino, la única razón es que leerle es mejor que no leerle.
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viernes, 10 de julio de 2009
PUEDE QUE MANGUEL TENGA RAZÓN

En un artículo del suplemento Babelia del pasado sábado Alberto Manguel habla de esos libros que nos cuentan lo que leen escritores a los que en mayor o medida admiramos. Manguel en concreto habla de cuatro libros; Cuentos y cuentistas: el canon del cuento de Harold Bloom, Ensayos de Natalia Ginzburg, Mecanismos internos de Coetzee y Si mi biblioteca ardiera esta noche de Aldous Huxley. Del libro de Bloom ya comenté algo en este blog y acabo de terminar de leer el libro de Coetzee. Manguel reseña estos libros y los pone como ejemplo de esos libros que nos cuentan lo que otros leen y que en cierta forma nos incitan a nuevas lecturas o nuevas formas de acercarnos a determinados escritores. Sin embargo, de los cuatro libros reseñados en el artículo de Manguel los dos que yo he leído son los que tacha de menos interesantes. El de Bloom por las ausencias significativas y por las sentencias que dedica entre otros a Borges y el de Coetzee por la frialdad con que se acerca a los libros y autores que comenta. Dice Manguel que ninguno de estos dos títulos despiertan la verdadera pasión del lector con la misma intensidad con la que lo hacen el libro de Ginzburg o el de Huxley. Puede que tenga razón, no por la crítica a Cuentos y cuentistas ni a Mecanismos internos, con la que estoy y no estoy de acuerdo, además, algo le habrán gustado porque sino ni los mencionaría. Puede que tenga razón y los libros de Ginzburg y Huxley sean aun mejores que los de Bloom y Coetzee. Yo por el momento iré a buscarlos a la librería porque para eso sirven las lecturas de otros, para incitarte a leer.
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