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viernes, 18 de mayo de 2012

SE LO LLEVÓ LA CHINGADA


A orillas del Sil llega la noticia de la muerte de Carlos Fuentes y a uno solo le queda la opción de escupir un rotundo ¡Mierda!, poco panegírico, pero bastante sentido. Apenas hace tres días le hicieron una entrevista en El País en la que hablaba de su última novela, esa que ya será póstuma, de su futura novela, esa que alguien terminará de escribir por él y advertía, premonitoriamente, que a cierta edad o te mantienes joven o se te lleva la chingada. ¡Mierda! Repito. Los cánones le incluyen en eso que llaman el boom, en el realismo mágico y en otras no se sabe cuántas monsergas. Otros discutirán sobre si es el mejor escritor mexicano de todos los tiempos, o si lo es Rulfo, o si lo es Hernán Cortés, o si lo es Pitol (esto lo digo yo), discusiones estériles cuando cualquiera sabe que el mejor escritor mexicano de todos los tiempos es el tipo que se inventó lo del calendario maya. Otros le incluirán en la santificación de los escritores comprometidos, los críticos, y alabarán con aplausos y vítores su visión, condicionada como la de cualquiera, del México actual sin prestar demasiada atención a la belleza de su sintaxis. Y mientras esto sucede, otros nos quedaremos sin saber claramente que pasó con Artemio Cruz. Y mientras esto sucede, otros esperaremos, sin saberlo, a las puertas de La región más transparente. Y mientras esto sucede, otros sabremos que allí, en lo más alto, sentadito en La silla del águila, estará él: Carlos Fuentes.
Mierda, compadre. Se te acabó la tinta, se te llevó la chingada.

martes, 19 de julio de 2011

LA CALMA DE PIGLIA


No he leído Blanco nocturno y no por falta de ganas. El problema está en que Moody’s me obliga a recortar los gastos de manera drástica y solo tengo permitido comprar libros en edición de bolsillo. Me consuela saber que no estoy tan jodido como los griegos o los portugueses, parece ser que ellos únicamente pueden leer las sinopsis de las contraportadas que se venden a precio de diez euros y en papel reciclado, lo cual, según que libros, es toda una ventaja y un ahorro de tiempo. Pero yo quería leer Blanco nocturno. Bueno, lo que quería era leer algo de Ricardo Piglia, la verdad, porque le han dado el Rómulo Gallegos y porque últimamente los de Prisa nos lo meten hasta en la sopa: que si el diario de Piglia, que si el blog de Piglia, que si una entrevista por aquí, que si una conferencia por allá… Pues bien, había que leerlo. Entonces fui a la librería de turno y encontré en edición bono-basura un ejemplar de Plata quemada (Compactos, Anagrama), que era de este tal Piglia. Me sonaba el título porque parece ser que hay una película basada en la novela. ¿Alguien ha visto esa película? Pues no hace falta. No creo que sea mejor que la novela y si no es mejor que la versión en tinta, ¿para qué ver la película? La novela va de drogas, sexo y atracos y no le falta un poquito de rock&roll. Los atracadores se ponen hasta las cejas de coca, nunca se les acaba la droga, ni la munición, tienen balas y perico sin límite como si estuvieran usando un mal truco en un videojuego: munición infinita, drogas infinitas. Los atracadores son muy malos, pero que muy malos, espeluznantes, con una sangre fría tremenda y no se cortan un pelo a la hora de cargarse a todo el que se cruza en su camino. Para contrarrestar esta vileza y virilidad los atracadores se quieren mucho entre ellos, se quieren tanto que practican el sexo oral y la sodomía entre ellos, por pura fraternidad, claro está, ellos siempre machos muy machos. Eso es lo que cuenta Piglia en Plata quemada y lo cuenta con un estilo trepidante, como si el mismo autor se estuviera esnifando la cosecha colombiana mientras escribía cada una de las páginas de la novela. No para, habla un personaje y otro y otro y se van mezclando los diálogos con las frases sueltas, con los pensamientos de los protagonistas, con las chorradas que sueltan los curiosos; de pronto está dentro de la cabeza de uno de los atracadores como salta a la conversación telefónica entre dos vecinos que observan el tiroteo final, sin detenerse ni un instante, y tú lo lees y parece que la mandíbula se te va a desencajar de tanto ritmo, de tanta palabra, igualito que cuando te metes medio gramo de golpe. Un subidón la novela, de verdad. Si os la ofrecen por las calles de Malasaña, a sesenta el gramo, comprarla, merece la pena. Dice Piglia, en el epílogo de la novela, mucho más calmado, que intentó escribir el libro como si de un trabajo periodístico se tratara, como si únicamente se hubiera limitado a transcribir las declaraciones recogidas en un magnetófono. Bueno algo más tuvo que hacer, porque si no es imposible conseguir esa fluidez en el ritmo narrativo. Yo no digo que sea un asiduo de las saunas de Chueca, que tampoco tendría nada de malo, ni que haya experimentado las sensaciones que tiene uno cuando se carga a quince o veinte personas, que con ganas nos quedamos más de uno, pero seguro que las drogas las ha probado. Y bastante. También cuenta que la idea la tuvo a finales de los sesenta, en plena época psicodélica, mucho hash y mucho LSD, cuando leyó la noticia de un atraco que conmocionó al Buenos Aires y al Montevideo de aquellos años, pero que hasta finales de los noventa no se decidió a escribirla. Es curioso eso del tiempo que puede transcurrir entre una idea y su gestación final. Pitol lo explica bastante bien en El mago de Viena. Treinta añitos tardó Piglia en escribir Plata quemada. Se lo tomó con calma, desde luego, como si le hubiera dado al diazepam en vez de a la coca. Una calma que duró tres décadas, pero mereció la pena. Estupenda lectura.

martes, 22 de junio de 2010

LOS BUENOS NUNCA SE VAN SOLOS (II)

Los buenos nunca se van solos porque siempre se llevan un pedacito de todos nosotros y a veces, para colmo, sucede que la muerte se los lleva a pares y ese pedacito se convierte en un buen trozo. Esto es lo que ha sucedido este fin de semana; primero se marchó Saramago y unas horas más tarde Carlos Monsiváis.
 
    Monsiváis decía que era un gato sin la elegancia ni las siete vidas de los gatos. Siempre estuvo rodeado de gatos, aunque le prohibieran el contacto con ellos debido a la afección pulmonar que al final le robó la única vida que tenía. En México todo el mundo le conocía. Salía en la televisión, en la radio, escribía en los periódicos, se metía en todas las salsas y, como los gatos, curioseaba, criticaba y opinaba sin importarle las consecuencias. En una entrevista afirmó que había talentos que le habían sido negados; uno de ellos es el necesario para llegar a la  Presidencia de la República y, otro mayor, mucho mayor, el que se precisa para ser poeta. No fue poeta, eso se lo dejó a su amigo José Emilio Pacheco, ni fue Presidente de la República, eso le habría anulado su capacidad crítica. Yo he leído poco de Monsiváis, un puñado de artículos, recuerdo dos especialmente; uno sobre el impacto de los atentados del 11-S en la sociedad mejicana y el segundo sobre la obra de Juan Rulfo. Es poco lo que he leído de Monsiváis para lo extenso de su obra. Especiales ganas tengo de hincarle el diente a su novela Nuevo catecismo para indios remisos, novela de la que Sergio Pitol comenta en El mago de Viena: libro excéntrico entre los excéntricos, es también uno de los más perfectos con que cuenta la literatura mexicana. Y yo de Pitol me fío. Supongo que ahora, con su muerte, editoriales y librerías se apresurarán a reeditar lo escrito y no escrito del autor mejicano y tendré la oportunidad de disfrutarlo plenamente. Así funcionan las cosas, siempre con la muerte de por medio.

lunes, 23 de marzo de 2009

EL MONO MIMÉTICO



Cuenta Sergio Pitol en El Mago de Viena que leyendo a Alfonso Reyes descubrió un consejo del escritor escocés Tusitala, más conocido como Robert Louis Stevenson, para aquellos que desean comenzar en el obsesivo vicio del escribidor, una recomendación recogida en la Carta a un joven que desea ser artista. El método de Stevenson consiste en aprovechar al máximo nuestra natural capacidad imitativa, en ser más simios que nunca, en convertirnos en unos monos miméticos. El aprendiz de letras ha de afrontar las lecturas de los autores de su particular altar literario de una manera cercana a la disección científica. El placer esteta tiene su importancia fundamental en la lectura, pero cuando a uno le ha entrado el virus ansioso del escribidor la lectura se convierte en un ejercicio de aprendizaje. Uno lee, lee y lee y de manera consciente o inconsciente imita, imita e imita. Ese es el camino, ese es el método. Con el tiempo llegará la originalidad, que no es el hallazgo de lo nunca contado, sino el hallazgo de una manera personal de contar lo que ya ha sido contado una y mil veces. Leer, leer y leer, siempre leer. Lo demás ya vendrá o no.