Durante mucho tiempo vi la portada de El Túnel sin atreverme a pasar al interior, sin querer hurgar entre sus páginas. El libro estaba colocado en un lugar privilegiado en la biblioteca de mi padre, quien consideraba la novela como una de sus lecturas preferidas. Era una portada inquietante, el título en una franja verde y debajo: un túnel, una oscuridad profunda que anunciaba, probablemente, un viaje sin retorno. Un verano, de helados y fuegos artificiales, me atreví, por fin, a atravesar la frontera. Maldita la hora. Lo repito: ¡Maldita la hora! No recuerdo un libro que me haya inquietado tanto, que me haya dejado tan mal sabor de boca, ni siquiera los de Palhaniuk (mero agitador de intestinos). No hablo de su prosa, evidentemente. Hablo de la certeza que revela su lectura: todos llevamos un psicópata en nuestro interior. Pero no un psicópata a lo Jim Thompson, nada de cinismo del midwest con sombrero tejano y revólver al cinto. Un psicópata de los de verdad, de los que pasan desapercibidos, de los que se camuflan y viven a tu lado hasta que un buen día te miras en el espejo y descubres que ese odio hacia todo lo humano lo llevas marcado en tu reflejo. Sí, un verano de helados y fuegos artificiales, leí El Túnel y desde entonces la sombra del pintor Castel me persigue amenazando con asomarse cualquier día de estos. Quizá no debí de leerlo tan pronto, quizá sea una lectura para cuando ya estés de vuelta de todo. El propio Sabato contaba que, mientras pudo, impidió la lectura de El Túnel o Sobre héroes y tumbas a sus propios hijos, por desagradables. Sin embargo, lo leí. Ya no hay vuelta atrás. Si un día descubren que me he vuelto un psicópata, sociópata o un desalmado con delirios y sin escrúpulos, échenle la culpa a Sabato.
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lunes, 2 de mayo de 2011
viernes, 17 de septiembre de 2010
ARTEFACTOS LITERARIOS
Salinger murió hace unos meses y entonces ya sabíamos todos que a no tardar mucho comenzarían a aparecer novelas inacabadas, manuscritos inéditos, correspondencia privada y chascarrillos indiscretos del huidizo escritor. Eso es lo habitual. Sin embargo, una vez más la realidad supera, con creces, a la ficción y, como si se tratara de un relato escatológico de Palahniuk, un negocio de antigüedades de Carolina del Norte (USA) subastó este verano a través del eBay la taza del váter del padre putativo de Caulfield por la irrisoria cifra de un millón de dólares. El vendedor (evidentemente sin escrúpulos) lanza, cual cebo comercial, la idea de que muchas de las páginas escritas por Salinger tuvieron su origen, cuando no su fecundación en ese trono pulido y blanquecino. Además, acompaña al utensilio con una carta certificada de la viuda del Salinger, doña Johan Littlefield, en la que asegura que allí, en ese asiento, depositó su marido sus posaderas e ingenio. No creo que tengan mucho rigor los análisis críticos de ambos personajes, vendedor y viuda, pero resulta inevitable concluir que ambos consideran el arte del difunto una auténtica mierda y por consiguiente subastan por 766 mil euros (cambio a día de hoy) el váter de Salinger. Desconozco si alguien ha tenido el dudoso gusto y la dichosa fortuna de comprar un artefacto tan literario y lamento no tener yo en mi posesión un kleenex de Salinger o de Saramago o de cualquier otro fallecido reciente. Habrá que continuar atento al eBay para ver que otros artefactos literarios de vital importancia creativa aparecen próximamente.
domingo, 6 de junio de 2010
600 COITOS
Chuck Palahniuk ha estado en Madrid con motivo del supra-acto-cultural-comercial de La Feria del Libro. Ha venido a presentar su última novela: Snuff. En esta ocasión Palahniuk cuenta la historia de una actriz porno dispuesta a superar el record filmado y documentado de Annabel Chong, recogido en el documental Sex: the Annabel Chong story (1999), consistente en 251 coitos de manera consecutiva con hombres diferentes. La protagonista de Chuck Palahniuk pretende llegar ni más ni menos que a la cifra de 600 polvos del tirón. El discípulo de Tom Spanbauer no ha montado ninguno de los numeritos publicitarios con los que escandaliza a sus pudorosos compatriotas y es una pena, porque si sus novelas (aunque a veces flojeen en lo meramente literario) son provocaciones nihilistas, él asegura que no es nihilista, sino un romántico mal entendido (como todos los románticos o como todos los nihilistas), las presentaciones de sus libros no se quedan cortas en cuanto a provocación y horterada de mal gusto (divertidas también). En el caso de Snuff llenó las calles de varias ciudades norteamericanas con muñecas hinchables, todas ellas dispuestas a superar el record propuesto en la novela. Sin embargo, tuvo mayor repercusión y condena cuando en la presentación de la novela Fantasmas, al leer el relato Guts (Tripas), la mitad de los asistentes se desmayaron impresionados y asqueados. Dicen las malas lenguas que los desmayados eran actores pagados por la editorial… ¿Y eso importa? Yo conozco a más de una persona que aún no se ha recuperado de la lectura del truculento y escatológico relato, ¿verdad? Lástima que aquí, en Madrid, Palahniuk no haya querido montar ningún numerito, será porque los europeos somos menos mojigatos que los yankees, ¿o no?
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