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viernes, 17 de septiembre de 2010

ARTEFACTOS LITERARIOS

Salinger murió hace unos meses y entonces ya sabíamos todos que a no tardar mucho comenzarían a aparecer novelas inacabadas, manuscritos inéditos, correspondencia privada y chascarrillos indiscretos del huidizo escritor. Eso es lo habitual. Sin embargo, una vez más la realidad supera, con creces, a la ficción y, como si se tratara de un relato escatológico de Palahniuk,  un negocio de antigüedades de Carolina del Norte (USA) subastó este verano a través del eBay la taza del váter del padre putativo de Caulfield por la irrisoria cifra de un millón de dólares. El vendedor (evidentemente sin escrúpulos) lanza, cual cebo comercial, la idea de que muchas de las páginas escritas por Salinger tuvieron su origen, cuando no su fecundación en ese trono pulido y blanquecino. Además, acompaña al utensilio con una carta certificada de la viuda del Salinger, doña Johan Littlefield, en la que asegura que allí, en ese asiento, depositó su marido sus posaderas e ingenio. No creo que tengan mucho rigor los análisis críticos de ambos personajes, vendedor y viuda, pero resulta inevitable concluir que ambos consideran el arte del difunto una auténtica mierda y por consiguiente subastan por 766 mil euros (cambio a día de hoy) el váter de Salinger. Desconozco si alguien ha tenido el dudoso gusto y la dichosa fortuna de comprar un artefacto tan literario y lamento no tener yo en mi posesión un kleenex de Salinger o de Saramago o de cualquier otro fallecido reciente. Habrá que continuar atento al eBay para ver que otros artefactos literarios de vital importancia creativa aparecen próximamente.

martes, 22 de junio de 2010

LOS BUENOS NUNCA SE VAN SOLOS (II)

Los buenos nunca se van solos porque siempre se llevan un pedacito de todos nosotros y a veces, para colmo, sucede que la muerte se los lleva a pares y ese pedacito se convierte en un buen trozo. Esto es lo que ha sucedido este fin de semana; primero se marchó Saramago y unas horas más tarde Carlos Monsiváis.
 
    Monsiváis decía que era un gato sin la elegancia ni las siete vidas de los gatos. Siempre estuvo rodeado de gatos, aunque le prohibieran el contacto con ellos debido a la afección pulmonar que al final le robó la única vida que tenía. En México todo el mundo le conocía. Salía en la televisión, en la radio, escribía en los periódicos, se metía en todas las salsas y, como los gatos, curioseaba, criticaba y opinaba sin importarle las consecuencias. En una entrevista afirmó que había talentos que le habían sido negados; uno de ellos es el necesario para llegar a la  Presidencia de la República y, otro mayor, mucho mayor, el que se precisa para ser poeta. No fue poeta, eso se lo dejó a su amigo José Emilio Pacheco, ni fue Presidente de la República, eso le habría anulado su capacidad crítica. Yo he leído poco de Monsiváis, un puñado de artículos, recuerdo dos especialmente; uno sobre el impacto de los atentados del 11-S en la sociedad mejicana y el segundo sobre la obra de Juan Rulfo. Es poco lo que he leído de Monsiváis para lo extenso de su obra. Especiales ganas tengo de hincarle el diente a su novela Nuevo catecismo para indios remisos, novela de la que Sergio Pitol comenta en El mago de Viena: libro excéntrico entre los excéntricos, es también uno de los más perfectos con que cuenta la literatura mexicana. Y yo de Pitol me fío. Supongo que ahora, con su muerte, editoriales y librerías se apresurarán a reeditar lo escrito y no escrito del autor mejicano y tendré la oportunidad de disfrutarlo plenamente. Así funcionan las cosas, siempre con la muerte de por medio.

LOS BUENOS NUNCA SE VAN SOLOS (I)

Pero la imagen que no me abandona en esta hora de melancolía es la del viejo que avanza bajo la lluvia, obstinado, silencioso, como quien cumple un destino que no podrá modificar. A no ser la muerte. Este viejo, que casi toco con la mano, no sabe cómo va a morir. Todavía no sabe que pocos días antes de su último día tendrá el presentimiento de que ha llegado el fin, e irá, de árbol en árbol de su huerto, abrazando los troncos, despidiéndose de ellos, de las sombras amigas, de los frutos que no volverá a comer. Porque habrá llegado la gran sombra, mientras la memoria no lo resucite en el camino inundado o bajo el cielo cóncavo y la eterna interrogación de los astros. ¿Qué palabra dirá entonces?
Tú estabas, abuela, sentada en la puerta de tu casa, abierta ante la noche estrellada e inmensa, ante el cielo del que nada sabías y por donde  nunca viajarías, ante el silencio de los campos y de los árboles encantados, y dijiste, con la serenidad de tus noventa años y el fuego de una adolescencia nunca perdida: << El mundo es tan bonito y yo tengo tanta pena de morir >>.  Así mismo. Yo estaba allí.


    
   
                       Así mismo contó José Saramago en el libro Las pequeñas memorias y en el discurso que pronunció al recibir el Premio Nobel, la manera en la que sus abuelos maternos afrontaron la muerte, con estoicismo y tristeza, no por irse, sino por dejar las cosas buenas de este mundo, porque, al fin y al cabo, a pesar de todo, el mundo es tan bonito… No sé cuales habrán sido las últimas palabras de Saramago, habrán quedado en los oídos de Pilar, su mujer, pero imagino que le habría gustado abrazar, uno a uno, a todos los árboles que por su vida pasaron.