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martes, 13 de noviembre de 2012

PHILIP ROTH CHOCHEA



No tiene nada de malo chochear, todo lo contrario, más cuando tienes, como es el caso, casi ochenta años, cuando te has pasado ocho largas décadas siendo más o menos coherente y demostrando una lucidez extraordinaria. Así que vaya por delante que está en todo su derecho, que se lo ha ganado y que hace lo que le da la gana y por supuesto: dice lo que le da la gana. Ahora, al abuelo Philip, le ha dado por ponerse el uniforme de Bartleby, el Bartelby de Melville, el Bartleby de Vila-Matas, y decir aquello de preferiría no hacerlo, pues nada, abuelo, no lo haga usted, usted tranquilo. ¿Se ha tomado el Iniston? Habrá quien diga que es normal que esté cansado de escribir, que esté harto de la literatura, después de toda una vida dedicado a lo mismo, después de más treinta novelas… Claro, claro. ¿Usted también se ha tomado el Iniston? Pues venga, venga, siga con lo suyo. 
De escribir no te retiras, no existe la jubilación, lo de escribir es una dedicación vitalicia, poniéndome cursi, diría que es una forma de vida (yo también tengo derecho a chochear, ¿no?). No hablo de ser novelista, no hablo de ser escritor con mayor o menor éxito, hablo de escribir, del acto, de la necesidad de escribir, de esa sensación agobiante, imperiosa, tremenda, desesperante a veces. Philip Roth dejará de publicar, dejará de entregar manuscritos a su editorial, dejará de gastarse la vista y los pocos años de vida que le queden en la elaboración de ese producto final que nosotros, los consumidores, adquirimos en las librerías. Eso es más que probable. No me cuesta imaginarlo haciendo las correcciones de Némesis, soportando la presión de su editor, intentado cuadrar hasta la última coma del texto y pensando para sí: ¡A la mierda! ¡Váyase a la mierda! (sí, me lo imagino en plan Fernando Fernán-Gómez). Hay que reconocer que la literatura agota, es tremenda la literatura, cansina y plasta, avariciosa, adictiva, vampírica la literatura, una cabrona la literatura. Sin embargo, escribir, ese acto impulsivo, ese instinto creativo (con mayor o menor fortuna) no es controlable, proviene del otro lado del córtex cerebral, de lo profundo del bulbo raquídeo, del mismo lugar que controla nuestra respiración. 
Escribir, abuelo Philip, no es una opción, es una maldición (placentera o no depende mucho del día). Puede que Roth quiera dejar la pluma, puede que esté empeñado en ello y que cabezota, como cualquier octogenario gruñón, lance ese órdago a sus lectores: Ahí us quedaís! (que diría el otro), pero no creo que Zuckerman le deje abandonar el barco, no creo que Kepesh se lo permita.  Además, sería una lástima que Némesis fuera su última novela, seguro que tiene algo mejor guardado en el cajón del escritorio, algo que todavía no nos ha contado, algo que cuando menos lo esperemos nos permitirá leerlo. Mientras tanto dejémosle gruñir y chochear, claro que sí, tiene todo el derecho. Abuelo, abríguese, que hace frío.

jueves, 30 de septiembre de 2010

LA POSIBILIDAD DE UN PLAGIO

Cretino, imbécil, misógino, maleducado, canalla, histriónico, provocador,  paranoico, superficial, cínico, cabrón e hijo de puta (dicho por su propia madre), son algunos de los insultos que Michel Houellebecq lleva prendidos a su pechera con confesable y exhibicionista orgullo nihilista. Desde hace unas semanas le han añadido uno más a esa larga y exagerada lista de improperios: plagiador. Estoy convencido de  que al bueno de Michel no le importan lo más mínimo las continuas críticas a su obra, a su biografía,  a su persona-lidad, incluso a su pene. Me da a mí que no es de los que dedica las mañanas de los domingos a recortar las reseñas que sobre sus obras hacen en los suplementos editoriales, me da a mí que realmente se la trae al pairo todo o casi todo en esta vida, empezando por su propia obra, me da a mí que sus novelas no son más que una terapia, un diván de psicoanalista no sólo gratuito, sino que beneficioso y, claro está, más beneficioso cuanto peor hablen de él. Insultadme, insultadme más, que me pone, me excita, escupidme hasta que llegue al orgasmo y mientras dejad que mi cuenta corriente crezca y crezca. Con su última novela La Carte et le Territoire ya tiene el éxito asegurado. Un nuevo escándalo de este enfant  (ya madurito) de la literatura francesa. Le han acusado de plagiar párrafos enteros de la Wikipedia, dicen que hasta el título está pinchado, cortado y pegado de la Wiki-wiki. Puede que sea cierto, puede que simplemente se trate de un truco editorial para vender más, puede que todo sea un mal entendido o que Houellebecq tenga un “negro” que haya querido vengarse de su sueldo miserable. Sin embargo, todavía no alcanzo a comprender que fundamento tiene acusar a nadie de plagiar a la Wiki, universo intelectual donde todo es anónimo y donde el noventa por ciento de lo publicado es a su vez un refrito de otras publicaciones no reseñadas. ¿Y si el autor anónimo del artículo de la Wikipedia fue el propio Houellebecq? ¿Estaríamos, entonces, ante un caso de auto plagio? No lo sé.  De todas maneras, como los escándalos, cuando producen dinero, nunca vienen solos el escritor italiano Fabio Filipuzzi ha decidido copiar a Houellebecq y ha sido acusado por la editorial que le publicaba, en la que trabajaba como subdirector, de plagiar sus últimos (y creo que únicos) seis libros. Claro que el italiano, más refinado que el galo, no copiaba de la Wikipedia, sino a gente tan anónima como Peter Handke o Philip Roth.