Erase una vez un país en el que a pesar de la abundancia de cuentistas el cuento no existía, o no se publicaba, o no se leía, o se menospreciaba. Un país que siempre ha considerado al cuento como un género menor y a su creación como un acto enmascarado de pereza o de cobardía o de inmadurez. Vamos, un país que haciendo oídos sordos a sus propios refranes y proverbios (si breve dos veces bueno) prefería los mamotretos interminables y agotadores a las concisas pinceladas literarias. Un país que había olvidado su propia tradición literaria de lo breve, remontémonos al Conde Lucanor, y en el que se aseguraba, desde el marketing editorial, que no había lectores para tan minúsculo género, que aquello, esas cositas, podían funcionar en otras latitudes, pero no en la vetusta España. Sin embargo, en esto de la literatura, como en el resto de las cosas, todo es cíclico y lo que hoy obtiene el favor de los lectores, me refiero al favor monetario, a las ventas, mañana cae en el ostracismo más injusto, y al contrario, lo que ahora es invisible, marginal, puede convertirse en poco tiempo en el top ten de ventas. Esto es lo que está sucediendo últimamente con el cuento en España. Tras la labor, casi diría la fe, el empeño, de algunas editoriales que llevan años apostando por el cuento (Páginas de espuma) y luchando por hacerse un hueco en el mercado editorial, las grandes, enormes, editoriales hacen sus cuentas, calculan sus porcentajes y comienzan a ver la posibilidad que puede tener dicho género, su rentabilidad. Habrá quien considere este hecho otra muestra más de la miseria y sordidez de eso que últimamente llamamos los mercados, un ejemplo más del eslogan capitalista: vales tanto como puedas vender. Habrá otros a los que nos importará una mierda lo que venda o no venda y simplemente nos gustará la literatura de calidad, breve o extensa, larga o corta. En cualquier caso, es de agradecer que las grandes, enormes, editoriales, siempre voraces, hagan su apuesta por el cuento y en las últimas semanas podamos disfrutar de algunos títulos como: Las fuentes del Nilo (Alfaguara), de Gonzalo Suárez, Nada del otro mundo (Seix Barral), de Antonio Muñoz Molina o Lo más extraño (Alfaguara) de Manuel Rivas.
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lunes, 21 de noviembre de 2011
martes, 28 de diciembre de 2010
LAS MANOS DE MANUEL RIVAS
La boca es para callar. Los ojos para no ver. Los oídos para no escuchar. Y las manos… ¿para qué son las manos? Las de Manuel Rivas son para escribir. Eso es lo que hace Rivas con las manos. Escribir estupendas novelas con sabor gallego, con morriña, con esa manía tan de su tierra de no saber nunca si va o viene, sin responder a las preguntas. Una lírica en prosa que te asalta como un temporal y te dice, así con voz de viento, que si quieres respuestas las encuentres tú. Su última novela: Todo es silencio, habla del paisaje, un paisaje de acantilado, de cielos grises, de lluvia que no se cuenta pero que la notas presente y del mar; ese mar que trae cosas y se lleva mucho más. Y ese paisaje está habitado por gente al borde del precipicio, siempre asomándose al acantilado, paisanos que no son buenos ni malos, sino grises como el cielo bajo el que trascurre su día a día, personas a quienes la lluvia les moja el alma y un mar que trae whisky, tabaco, farlopa y caballo, pero que se lo lleva todo. Y Todo es silencio, o mejor: silensio, pues como se cuenta en la novela el silensio, así escrito, es más silencioso. La última novela de Manuel Rivas es una historia de contrabandistas y de supervivientes en las coordenadas de Fisterra, en el fin del mundo. Una historia de piratas y mariscales modernos, de náufragos y sirenas antiguas, una historia, en definitiva, muy gallega. O no.
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