Zavalita sigue allí, en la Catedral, tomando cervezas y arreglando el mundo. Alguien entra y le dispara la noticia, directamente al ego: te han dado el nobel, viejo. Y Zavalita se sorprende, no por el reconocimiento, sino por la tardanza. Zavalita finge que no se lo esperaba, pero todos en la Catedral saben que lo lleva deseando hace años, lustros, décadas, cien años esperándolo, desde que se lo dieron al bueno de Gabo, viejo compadre, con el que ya no se habla. Ahora Zavalita ya puede entrar en el selecto club, en el club de los laureados, de los triunfadores y no se da cuenta de que era más fácil llegar a mito sin el premio que con el premio, como sucede con otros muchos compatriotas de lengua. Sin embargo, Zavalita no quiere solamente la gloria eterna, quiere la fama y el reconocimiento en vida. Quiere que le llamen don Nobel, cuando salga por la puerta de la Catedral, tras invitar a un último trago a toda la parroquia, para no volver más. Buen viaje a los laureles, Zavalita, aquí nos quedamos Ambrosio y otros muchos, recordándote. Enhorabuena, Vargas Llosa, te mereces todos los premios.
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sábado, 9 de octubre de 2010
viernes, 24 de septiembre de 2010
SI BREVE DOS VECES BUENO
En el último número de Babelia, el del día 18, Antonio Muñoz Molina nos habla de esto de escribir. Le sirve de escusa su participación en la presentación del último ensayo del director de la RAE (sillón c) Victor García de la Concha: Cinco novelas en clave simbólica. En este acto Muñoz Molina coincidió con Vargas Llosa quien era arte y parte del ensayo del Dire al ser objeto de descuartizamiento su famosa novela La Casa Verde. Creo que a mí me impactó más Conversación en la Catedral o La guerra del fin del mundo, pero Muñoz Molina declara en el artículo la deuda personal con esa novela. La casualidad, o no, hace que estos días yo esté leyendo a la vez un curioso libro de Muñoz Molina titulado Pura alegría (Alfaguara, 2008) en el que se recogen diversos artículos y conferencias, incluido el discurso de ingreso en la Academia (el de Úbeda ocupa el sillón u), que son una declaración de principios literarios y una explicación concisa, hermosa y perfecta de lo que él entiende que es y debería de ser la literatura. Y para colmo de casualidades y coincidencias, de destinos y azares, o no, hoy mismo, día 24, aparece el resumen de una conversación de Muñoz Molina con el historiador Justo Serna, en el que destaca el titular: Lo que se difunde como la historia de España es la historia de la señorita Pepis. Me parece perfecta la frase, me parece insuperable Muñoz Molina cuando es conciso. Claro que al lado del artículo citado hay una entrada web donde se lee: Muñoz Molina narra el drama del exilio en mil páginas. Mil páginas, una tras otra, una, dos, tres, hasta llegar a mil… Más que una tesis doctoral… Y sin embargo, qué bien escribe cuando no supera las cuatrocientas o quinientas páginas, qué buenas, qué placer leer Beatus Ille o Plenilunio o este último descubrimiento por mi parte, Pura alegría, tan placenteras como ese bourbon que bebe Biralbo en El invierno en Lisboa, en pequeñas dosis; sensacional.
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