El escándalo es sin duda un activo editorial, pero no siempre lo es literario. Sirvan de ejemplo los últimos éxitos editoriales: las memorias de Bush, que han alcanzado más de un millón de ventas , y la entrevista con anticonceptivos de Benedicto XVI; dos libros que están arrasando en ventas y que sin duda se convertirán en las estrellas libreras de estas navidades. Otras veces la provocación es marca de la casa; me refiero a Houellebecq, quien ya nos ha acostumbrado a sus desplantes morales y su estilo hiriente, pero que tiene que valerse de sospechosas acusaciones de plagio, aunque el tiro le salga por la culata y el establisment cultural galo termine concediéndole el premio Goncourt (hecho que agradecerá su editorial mientras prepara la próxima provocación). En algunas ocasiones el escándalo es inherente a la obra misma y por mucho que se intente no se pude huir de él, como sucede con las memorias de Keith Richards, quien, aunque pretenda contar su vida de manera naif, no podrá evitar que nos asombremos ante sus hazañas autodestructivas, con una relativa envidia por su constante vida al borde del abismo. Sin embargo, hay escritores que no necesitan de estas artimañas para vender, ni siquiera necesitan vender para tener una calidad literaria extraordinaria. Escritores como Umberto Eco, quien acaba de presentar en Madrid su última novela: El cementerio de Praga (Lumen). Un libro que narra las vicisitudes de Simone Simonini, una especie de Julian Assange del siglo XIX, que va fabricando y vendiendo al mejor postor documentos comprometedores, tan escandalosos como falsos. Todavía no he podido leer esta última ficción de Eco y no sé qué turbulencias esconderán sus páginas para que algunos rabinos extremistas y los fundamentalistas católicos (léase el Vaticano) hayan reaccionado tan airadamente contra El cementerio de Praga. Umberto les agradece las críticas y asegura, risueño, que gracias a los obispos ha logrado vender miles de ejemplares más de los previstos. Espero poder leer pronto la novela y en ningún caso creo que me parezca tan inmoral como el libro en el que se fundamentan ambas religiones; ese sí, lleno de escándalo, ambigüedad y provocación.
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martes, 14 de diciembre de 2010
miércoles, 3 de junio de 2009
PRIMERAS NOVELAS

Supongo que la mayoría de los que intentamos escribir conservamos, olvidada en algún cajón físico o mental, una primera novela de infancia. Novelas inspiradas en los libros con los que nos iniciamos en la lectura, novelas que provocan el orgullo y los aplausos familiares, ¡mirad al peque, ha escrito una novela!, novelas que quemaríamos, sin dudarlo, temiendo que alguien en años venideros llegue a descubrirla, nadie escapa a la vanidad de las suposiciones, novelas que indican el punto de inflexión señalando el momento en el que dejamos de ser meros lectores y comenzamos a convertirnos en monos miméticos.
Cuenta Umberto Eco que sus primeras novelas de infancia estaban inspiradas en las aventuras de Emilio Salgari. Dice que eran proyectos en los que nunca superaba las veinte o treinta páginas y que dedicaba más esfuerzo a la cuidadosa elaboración de la portada y de las ilustraciones interiores, intentando ser lo más fiel posible a las ediciones de las novelas de Salgari ilustradas por Amato, que a la historia en sí. La primera novela de la que yo tengo un recuerdo vivo y profundo es también una de Emilio Salgari: En la selva virgen, editada por la editorial Gahe, Madrid, 1975 e ilustrada por Luis Vigil. Mi primer intento de novela, con nueve o diez años, también estuvo inspirado por Emilio Salgari, aunque reconozco que nunca pretendí ilustrarlo. Recuerdo que cambié, trucos miméticos, la costa y selva brasileña que servían de escenario a la novela de Salgari por las orillas del río Misisipi, no quiero recordar nada más.
miércoles, 20 de mayo de 2009
UMBERTO ECO

Umberto Eco recibió ayer la Medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes, en Madrid. Sin duda se merece todos los reconocimientos que le den. Las novelas y ensayos que he leído de él me parecen, en todos los casos, excepcionales, aunque reconozco que con algunos de sus ensayos, especialmente los dedicados a la semiótica, no alcanzo a comprender todo lo que expone este escritor turinés con pinta de tenor.
En relación a esto del mono mimético leí un texto suyo durante la presentación del libro; Sexo, colores y cianuro (EDAF y ACE, 2007), un texto que habla con claridad e ironía sobre el proceso creativo. El texto dice lo siguiente:
En relación a esto del mono mimético leí un texto suyo durante la presentación del libro; Sexo, colores y cianuro (EDAF y ACE, 2007), un texto que habla con claridad e ironía sobre el proceso creativo. El texto dice lo siguiente:
“Ante todo es necesario un ordenador, obviamente, que es un máquina inteligente que piensa por ti, y para muchos sería una ventaja. Basta un programa de pocas líneas, lo sabe hacer hasta un niño. Luego se le introduce al ordenador el contenido de algunos centenares de novelas, obras científicas, la Biblia, el Corán y muchos listines telefónicos (utilísimos para los nombres de los personajes). Digamos unas ciento veinte mil páginas. Después, con otro programa, se mezclan todos estos textos al azar, con algún que otro ajuste, por ejemplo, eliminando todas las aes. Así, además de una novela tenemos un lipograma. Entonces se le da al print y se imprime. Al haber eliminado las aes salen algo menos de ciento veinte mil páginas. Después de haberlas leído atentamente, más de una vez, subrayando los pasajes más significativos, se cargan en un tráiler y se llevan a una incineradora. A continuación, nos sentamos bajo un árbol, con un carboncillo y papel de dibujo, y, dejando que la mente vague, se escriben dos líneas, por ejemplo: “La luna está alta en el cielo/ el bosque susurra”. Quizá no sale una novela enseguida, sino un haikú japonés, pero lo importante es empezar.”
ECO, Umberto. Sobre literatura. Random House Mondadori, Barcelona, 2005.
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