El Premio Cervantes no se lo han dado al pueblo riojano de Matute, ni se lo han dado al oficial Matute de la serie don Gato, ni se lo han dado a Ana María Matute por ser Ana María; se lo han dado a Ana María Matute por ser escritora, por sus méritos literarios y por su contribución a la lengua y a la literatura en español. Digo esto porque parece que la noticia del premio no es la calidad de la obra de Matute sino la excepcionalidad de que el Cervantes lo obtenga una mujer. No hay más que mirar los titulares de estos días en plan: “la tercera mujer a la que le conceden el Cervantes” o “dieciocho años después una escritora vuelve a ganar el Cervantes”. Algo similar ha sucedido también con la recién académica Soledad Puértolas; más que sus méritos se valora su condición femenina. Supongo que este tipo de enfoques informativos tiene que ver con la máxima periodística que asegura que la noticia no es que un perro muerda a un hombre, sino que un hombre muerda a un perro. No dudo de las buenas intenciones de los redactores culturales de este nuestro no-machista país, sin embargo creo que al resaltar a bombo y platillo que dichos parabienes literarios los han obtenidos dos distinguidas féminas se menosprecia la realidad de sus logros: su calidad. No creo que estos mismos redactores si llega el día en el que el Premio Cervantes recaiga en Gabriel García Márquez hagan hincapié en la condición genital del mismo, sino que alabarán sus cualidades y resaltarán la celebración con un enfático: ¡Por fin! Pues eso: ¡Por fin, Matute! Ya era hora. Y como ella misma ha declarado: ¡Soy feliz! Feliz de que le hayan dado el Cervantes.
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viernes, 26 de noviembre de 2010
sábado, 9 de octubre de 2010
A ZAVALITA LE HAN DADO UN PREMIO
Zavalita sigue allí, en la Catedral, tomando cervezas y arreglando el mundo. Alguien entra y le dispara la noticia, directamente al ego: te han dado el nobel, viejo. Y Zavalita se sorprende, no por el reconocimiento, sino por la tardanza. Zavalita finge que no se lo esperaba, pero todos en la Catedral saben que lo lleva deseando hace años, lustros, décadas, cien años esperándolo, desde que se lo dieron al bueno de Gabo, viejo compadre, con el que ya no se habla. Ahora Zavalita ya puede entrar en el selecto club, en el club de los laureados, de los triunfadores y no se da cuenta de que era más fácil llegar a mito sin el premio que con el premio, como sucede con otros muchos compatriotas de lengua. Sin embargo, Zavalita no quiere solamente la gloria eterna, quiere la fama y el reconocimiento en vida. Quiere que le llamen don Nobel, cuando salga por la puerta de la Catedral, tras invitar a un último trago a toda la parroquia, para no volver más. Buen viaje a los laureles, Zavalita, aquí nos quedamos Ambrosio y otros muchos, recordándote. Enhorabuena, Vargas Llosa, te mereces todos los premios.
viernes, 13 de noviembre de 2009
MIERDA, EL CORONEL NO TIENE QUIEN LE ESCRIBA

Yo he leído Cien años de soledad, El amor en los tiempos de cólera, Crónica de una muerte anunciada, El general en su laberinto y ayer terminé El coronel no tiene quien le escriba. He leído a García Márquez y lo admiro, una admiración sincera, profunda y agradecida. Creo que pocos libros me han entusiasmado tanto como Cien años de soledad, es sin duda, uno de mis libros preferidos. Ayer, más o menos a las dos de la madrugada, terminé de leer esa pequeña novela, o relato extenso, titulado El coronel no tiene quien le escriba. Me habían hablado y muy bien de ella, pero por diversas razones no lo empecé hasta el otro día y ayer concluí su lectura. Son cien páginas, cien monumentales páginas de cómo se ha de escribir cualquier historia que uno quiera contar. Cien apoteósicas páginas, enormes, grandes, maravillosas… asquerosamente perfectas. Por qué escribe usted así, señor Gabo. Por qué me deja este sabor amargo en el paladar tras la lectura del Coronel. Por qué tiene usted, señor Gabo, la mala leche de hacerme comprender que por mucho que quiera, jamás, jamás, llegaré a crear no ya una frase de las que usted escribe, siquiera una mínima preposición. No es cierto que el coronel no tenga quien le escriba, es que el coronel no deja, después de él, que nadie siga escribiendo. ¡Mierda!
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