Erase una vez un país en el que a pesar de la abundancia de cuentistas el cuento no existía, o no se publicaba, o no se leía, o se menospreciaba. Un país que siempre ha considerado al cuento como un género menor y a su creación como un acto enmascarado de pereza o de cobardía o de inmadurez. Vamos, un país que haciendo oídos sordos a sus propios refranes y proverbios (si breve dos veces bueno) prefería los mamotretos interminables y agotadores a las concisas pinceladas literarias. Un país que había olvidado su propia tradición literaria de lo breve, remontémonos al Conde Lucanor, y en el que se aseguraba, desde el marketing editorial, que no había lectores para tan minúsculo género, que aquello, esas cositas, podían funcionar en otras latitudes, pero no en la vetusta España. Sin embargo, en esto de la literatura, como en el resto de las cosas, todo es cíclico y lo que hoy obtiene el favor de los lectores, me refiero al favor monetario, a las ventas, mañana cae en el ostracismo más injusto, y al contrario, lo que ahora es invisible, marginal, puede convertirse en poco tiempo en el top ten de ventas. Esto es lo que está sucediendo últimamente con el cuento en España. Tras la labor, casi diría la fe, el empeño, de algunas editoriales que llevan años apostando por el cuento (Páginas de espuma) y luchando por hacerse un hueco en el mercado editorial, las grandes, enormes, editoriales hacen sus cuentas, calculan sus porcentajes y comienzan a ver la posibilidad que puede tener dicho género, su rentabilidad. Habrá quien considere este hecho otra muestra más de la miseria y sordidez de eso que últimamente llamamos los mercados, un ejemplo más del eslogan capitalista: vales tanto como puedas vender. Habrá otros a los que nos importará una mierda lo que venda o no venda y simplemente nos gustará la literatura de calidad, breve o extensa, larga o corta. En cualquier caso, es de agradecer que las grandes, enormes, editoriales, siempre voraces, hagan su apuesta por el cuento y en las últimas semanas podamos disfrutar de algunos títulos como: Las fuentes del Nilo (Alfaguara), de Gonzalo Suárez, Nada del otro mundo (Seix Barral), de Antonio Muñoz Molina o Lo más extraño (Alfaguara) de Manuel Rivas.
lunes, 21 de noviembre de 2011
viernes, 9 de septiembre de 2011
A LEHANE QUE ME LO CUENTE EASTWOOD
Doscientas páginas de estampas de beisbol, como si de un catálogo de cromos coleccionables se tratara. Otras doscientas páginas para explicar las diferencias entre anarquistas, bolcheviques y socialistas como quien se lo explica a un niño de primaria, utilizando tópicos de chistes de Arévalo (los bolcheviques gritan mucho y se emborrachan, no hacen otra cosa, pero los anarquistas ponen bombas, qué malos que son). Ya hemos reducido el libro a la mitad, es decir: nos quedan todavía cuatrocientas páginas. Cuatro centenares de hojas en las que podemos encontrar chorradas como que a los italianos les gusta la ópera porque en su tierra natal los trovadores recorren las plazas de los pueblos cantando romances y tonadas, eso a principios del siglo XX, olvidando que Italia es la cuna de la ópera y que los trovadores y juglares dejaron de existir varios siglos antes. Un gran libro, sin duda, al menos por su tamaño. Yo tenía grandes esperanzas puestas en Lehane, las referencias eran inmejorables, sin embargo, tras la experiencia, no puedo más que seguir el consejo que el propio autor da en el título de la novela y dejarlo para Cualquier otro día. Sí, será lo mejor. Lo dejaré para cuando hagan la película, porque creo que Lehane gana mucho cuando lo cuentan Eastwood o Scorsese.
viernes, 19 de agosto de 2011
REIVINDICANDO A RUSSELL
Las hordas católicas han tomado Madrid. No puedes dar dos pasos seguidos por las calles sin encontrarte con sus mochilas horteras, sus camisetas JMJ (unas siglas que dan mucho juego), sus banderitas, sus vítores catequistas o sus guitarras (indultadas por la SGAE) al hombro. Todos llevan la misma expresión ñoña en el rostro, la falsa bondad jesuítica, todos aman a Dios, al Mundo y al prójimo (siempre que este, el prójimo, sea también católico). Incluso han contagiado su consigna qué bonito es todo a las beatorras y los santurrones más castizos, que por primera vez en décadas se sienten orgullosos de que la juventud tome las calles de la ciudad. Muy fraternal todo, muy católico, muy que la paz sea contigo, hermano. Un discurso que se hace añicos en cuanto les reprochas su actitud abusiva ocupando y paralizando una ciudad entera (ellos, los que más se han quejado del 15-M), o les señalas lo pornográfico del gasto que supone organizar un acto tan desproporcionado, lo pague quien lo pague, o les recuerdas que la libertad de expresión es para todos, también para los que queremos decir que no nos interesan sus creencias o que discrepamos de sus ideas. Por eso reivindico, corriendo el riesgo de que los antidisturbios me den de ostias, la lectura para todos del estupendo ensayo de Betrand Russell Por qué no soy cristiano. Incluso a los zombi-católicos les vendría bien esta lectura, aunque solo fuera por contrastar ideas, por tener referencias externas. Sin embargo, mucho me temo, comprobando las interpretaciones que hacen de esa colección de fábulas en la que basan sus creencias, que poco o nada sacarían del libro de Russell. Así que nada, que sigan celebrando, que sigan con su sentimiento eterno de culpa y, si no hay más remedio, que sigan cantando su gozo en el alma, pero con auriculares, por favor, como en el orgullo gay.
jueves, 28 de julio de 2011
DE VACACIONES CON JON BILBAO
Te vas de vacaciones. Metes en la maleta el bañador, las camisetas de publicidad hortera con las que esperas pasar desapercibido entre los humanoides playeros, la crema protectora, el iPod con toda la discografía de Bruce y la E Street Band para homenajear a Clarence Clemons, unos porros (ya liados, porque con la brisa marina y la arena no hay quien los haga como es debido), las gafas de sol de los ochenta que ya no están de moda, un cuadernito para anotar las chorradas que la insolación te inspire y un libro para leer cuando te canses de ver tías bronceadas en top- les. ¿El título del libro? Padres, hijos y primates. ¿El autor? Jon Bilbao. Estupendo. Un planazo. Comienzas a leer y empiezan las sutiles y molestas casualidades. Un tipo llamado Joanes tiene un negocio de aire-acondicionado; en la habitación del hotel no funciona el aire-acondicionado y el de recepción tiene pinta de llamarse Joanes o algo peor. Al especialista en aires le va mal el negocio; tu situación laboral es una mierda. Aparece un suegro insoportable, un viejo verde que decide casarse con una exótica jovencita en el otro extremo del mundo; ¿por qué todos los suegros son insoportables, mucho más que las suegras, aunque estas tengan peor fama?, ¿por qué todos los viejos pierden la cabeza cuando una jovencita exótica les dice papito? Joanes&family se van a Cancún, para que el suegro pueda desflorar a sus amorcito. Cancún tiene playa, una playa igualita a la playa en la que estoy, con sus sombrillas, sus cuerpos bronceados, sus cuerpos moreno-gamba, los niños haciendo castillos de arena, los deportistas de verano jugando a la pelota, los surferos buscando olas y esquivando cabezas, los vendedores ambulantes, la música hortera del chiringuito; vamos, una playa. Y sigues leyendo páginas y más páginas y vas comprobando con cierto estupor lo mucho que se parece tu vida, tu momento, a lo narrado por el bueno de Jon. Es lo que tienen sus historias, ya sean relatos o novelas, que siempre te recuerdan que en cualquier momento algo horrible, a veces terrorífico, puede pasar. Y pasa. Y terrorífico. Porque el frigocalórico se encuentra con un ex profesor que le va a retorcer la vida justo en el momento en el que tú ves avanzar por el paseo marítimo a un antiguo compañero del trabajo al que hacía siglos que no veías (gracias a Dios) y sabes que si no la vida, este tipo que te saluda con un helado de pistacho en la mano te va a retorcer la tarde. Es entonces cuando cierras el libro asustado, temiendo que en cualquier momento llegue un tsunami. Miras al tipo del helado verde y decides dejar la lectura para otro momento, no sea que las serendipias continúen replicándose. Le dices lo mucho que te alegras de verle y aceptas dar un paseo con él y con ese niño que lleva de la mano, que no deja de joder con la pelota y que a ti, no sabes muy bien por qué, te recuerda a un chimpancé.
(Para quien busque una crítica más concienzuda del libro de Jon Bilbao le recomiendo leer el post dedicado a Padres, hijos y primates en http://lector-malherido.blogspot.com. Algún día, Jon, nos contarás como has sobornado a Juan Malherido para que te trate tan bien…)
martes, 19 de julio de 2011
LA CALMA DE PIGLIA
No he leído Blanco nocturno y no por falta de ganas. El problema está en que Moody’s me obliga a recortar los gastos de manera drástica y solo tengo permitido comprar libros en edición de bolsillo. Me consuela saber que no estoy tan jodido como los griegos o los portugueses, parece ser que ellos únicamente pueden leer las sinopsis de las contraportadas que se venden a precio de diez euros y en papel reciclado, lo cual, según que libros, es toda una ventaja y un ahorro de tiempo. Pero yo quería leer Blanco nocturno. Bueno, lo que quería era leer algo de Ricardo Piglia, la verdad, porque le han dado el Rómulo Gallegos y porque últimamente los de Prisa nos lo meten hasta en la sopa: que si el diario de Piglia, que si el blog de Piglia, que si una entrevista por aquí, que si una conferencia por allá… Pues bien, había que leerlo. Entonces fui a la librería de turno y encontré en edición bono-basura un ejemplar de Plata quemada (Compactos, Anagrama), que era de este tal Piglia. Me sonaba el título porque parece ser que hay una película basada en la novela. ¿Alguien ha visto esa película? Pues no hace falta. No creo que sea mejor que la novela y si no es mejor que la versión en tinta, ¿para qué ver la película? La novela va de drogas, sexo y atracos y no le falta un poquito de rock&roll. Los atracadores se ponen hasta las cejas de coca, nunca se les acaba la droga, ni la munición, tienen balas y perico sin límite como si estuvieran usando un mal truco en un videojuego: munición infinita, drogas infinitas. Los atracadores son muy malos, pero que muy malos, espeluznantes, con una sangre fría tremenda y no se cortan un pelo a la hora de cargarse a todo el que se cruza en su camino. Para contrarrestar esta vileza y virilidad los atracadores se quieren mucho entre ellos, se quieren tanto que practican el sexo oral y la sodomía entre ellos, por pura fraternidad, claro está, ellos siempre machos muy machos. Eso es lo que cuenta Piglia en Plata quemada y lo cuenta con un estilo trepidante, como si el mismo autor se estuviera esnifando la cosecha colombiana mientras escribía cada una de las páginas de la novela. No para, habla un personaje y otro y otro y se van mezclando los diálogos con las frases sueltas, con los pensamientos de los protagonistas, con las chorradas que sueltan los curiosos; de pronto está dentro de la cabeza de uno de los atracadores como salta a la conversación telefónica entre dos vecinos que observan el tiroteo final, sin detenerse ni un instante, y tú lo lees y parece que la mandíbula se te va a desencajar de tanto ritmo, de tanta palabra, igualito que cuando te metes medio gramo de golpe. Un subidón la novela, de verdad. Si os la ofrecen por las calles de Malasaña, a sesenta el gramo, comprarla, merece la pena. Dice Piglia, en el epílogo de la novela, mucho más calmado, que intentó escribir el libro como si de un trabajo periodístico se tratara, como si únicamente se hubiera limitado a transcribir las declaraciones recogidas en un magnetófono. Bueno algo más tuvo que hacer, porque si no es imposible conseguir esa fluidez en el ritmo narrativo. Yo no digo que sea un asiduo de las saunas de Chueca, que tampoco tendría nada de malo, ni que haya experimentado las sensaciones que tiene uno cuando se carga a quince o veinte personas, que con ganas nos quedamos más de uno, pero seguro que las drogas las ha probado. Y bastante. También cuenta que la idea la tuvo a finales de los sesenta, en plena época psicodélica, mucho hash y mucho LSD, cuando leyó la noticia de un atraco que conmocionó al Buenos Aires y al Montevideo de aquellos años, pero que hasta finales de los noventa no se decidió a escribirla. Es curioso eso del tiempo que puede transcurrir entre una idea y su gestación final. Pitol lo explica bastante bien en El mago de Viena. Treinta añitos tardó Piglia en escribir Plata quemada. Se lo tomó con calma, desde luego, como si le hubiera dado al diazepam en vez de a la coca. Una calma que duró tres décadas, pero mereció la pena. Estupenda lectura.
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