Durante mucho tiempo vi la portada de El Túnel sin atreverme a pasar al interior, sin querer hurgar entre sus páginas. El libro estaba colocado en un lugar privilegiado en la biblioteca de mi padre, quien consideraba la novela como una de sus lecturas preferidas. Era una portada inquietante, el título en una franja verde y debajo: un túnel, una oscuridad profunda que anunciaba, probablemente, un viaje sin retorno. Un verano, de helados y fuegos artificiales, me atreví, por fin, a atravesar la frontera. Maldita la hora. Lo repito: ¡Maldita la hora! No recuerdo un libro que me haya inquietado tanto, que me haya dejado tan mal sabor de boca, ni siquiera los de Palhaniuk (mero agitador de intestinos). No hablo de su prosa, evidentemente. Hablo de la certeza que revela su lectura: todos llevamos un psicópata en nuestro interior. Pero no un psicópata a lo Jim Thompson, nada de cinismo del midwest con sombrero tejano y revólver al cinto. Un psicópata de los de verdad, de los que pasan desapercibidos, de los que se camuflan y viven a tu lado hasta que un buen día te miras en el espejo y descubres que ese odio hacia todo lo humano lo llevas marcado en tu reflejo. Sí, un verano de helados y fuegos artificiales, leí El Túnel y desde entonces la sombra del pintor Castel me persigue amenazando con asomarse cualquier día de estos. Quizá no debí de leerlo tan pronto, quizá sea una lectura para cuando ya estés de vuelta de todo. El propio Sabato contaba que, mientras pudo, impidió la lectura de El Túnel o Sobre héroes y tumbas a sus propios hijos, por desagradables. Sin embargo, lo leí. Ya no hay vuelta atrás. Si un día descubren que me he vuelto un psicópata, sociópata o un desalmado con delirios y sin escrúpulos, échenle la culpa a Sabato.
lunes, 2 de mayo de 2011
martes, 26 de abril de 2011
NO ENMENDEMOS LA PLANA A GONZALO ROJAS
Yo hubiera elegido cualquier otro poema de Gonzalo Rojas, tantos como escribió. Muchos hablan de la muerte y de los muertos, con esa sorna tan particular del poeta chileno. Hubiera elegido: La farsa, Al muerto lo bañaron, Materia de testamento, Cable sin él, Parece que de lo que uno muere es de maniquí, Dado lo extremo de la situación, ¿A qué mentirnos?, Contra vosotros naciendo. O tendría que haber elegido, porque fueron los versos que me descubrieron a su autor: Enigma de la deseosa. Ese tendría que haber sido me discreto homenaje para Gonzalo Rojas. Sin embargo, él ya dejó previsto su epitafio y no seré yo quien le lleve la contraria.
Epitafio
Se dirá en el adiós que amé los pájaros salvajes, el aullido
cerrado ahí, tersa la tabla
de no morir, las flores:
aquí yace
Gonzalo cuando el viento
y unas pobres mujeres lo lloraron.
Historia, musa de la muerte. Gonzalo Rojas.
viernes, 22 de abril de 2011
LA BIBLIOTECA VILA-MATAS
En Bartleby y compañía Enrique Vila-Matas habla sobre una curiosa biblioteca: la Biblioteca Brautigan, en Burlington, Estados Unidos. Una biblioteca que homenajea a Richard Brautigan, escritor tardío de la generación beat, surrealista y underground, en donde se almacenan manuscritos que hayan sido rechazados por cualquier editorial. Desconozco si esta extravagante biblioteca existe (he intentando localizarla sin éxito para que dieran asilo a un par de novelas que nadie me ha querido publicar) o es una más de las muchas invenciones borgianas del escritor catalán, por más que consulto con los taxistas de Lyon nadie sabe darme una respuesta. Lo que sí es cierto es la creación por parte de la editorial Debolsillo (universo Planeta) de una sugerente biblioteca Vila-Matas, en formato económico, como corresponde a estos tiempos de crisis. Prometen al menos catorce volúmenes y han comenzado con tres: Dublinesca, su última novela; Chet Baker piensa en su arte, recopilación de relatos y En un lugar solitario, donde se incluyen las cinco primeras novelas del autor. Hay un cuarto tomo para septiembre en el que se recogerán los ensayos de Vila-Matas. La intención es añadir material nuevo y que no se trate simplemente de una reedición más. Así en Chet Baker piensa en su arte aparecen relatos inéditos y En un lugar solitario cuenta con un extenso prólogo donde Vila-Matas culpa al servicio militar de sus inicios como escritor y de esa enfermedad que más tarde él denominaría El mal de Montano. Realmente no creo que la experiencia patriótica, el hastío cuartelario, influyera lo más mínimo en su vicio de escribir, como tampoco creo que se inventara las entrevistas cuando trabajaba para Fotogramas ni que Anthony Burgess le invitara a emborracharse para celebrar esa entrevista-ficción que el joven Vila-Matas le enseñó en un hotel de Barcelona. Y sin embargo, no importa la verdad o la ficción, incluso cuando asegura contarnos su vida. Para Vila-Matas todo forma parte de un universo concéntrico, un mundo que se sostiene en la literatura verosímil, en el que él mismo es, sin duda, su mejor personaje.
Para los enamorados de Vila-Matas advertir que el día 27 de este mes, a partir de las 19horas el escritor estará en la librería Rafael Alberti, de Madrid, por aquello del día-semana del libro.
miércoles, 13 de abril de 2011
EL SÍNDROME DE MURAKAMI
Murakami comienza a dar signos de sufrir el llamado síndrome de Auster, enfermedad económico-narcisista que despierta en los autores que la sufren la irrefrenable necesidad de entregar a sus lectores el mayor número de obras posible en un solo año. Es un síndrome terrible para el lector, quien no da abasto ante tanta narrativa, y mucho peor resulta para el escritor, puesto que esa abundancia autoimpuesta acostumbra a terminar en un maquiavélico todo vale. Y es así, todo vale. Novelas excelentes (una cada tres o cuatro años), novelas aburridas, novelas repetidas (la mayoría), obritas de teatro, guiones maltrechos de películas insufribles, novelas convertidas en cómic o libros que hablan sobre lo que uno quiere decir cuando habla de correr.
Hace unos meses Murakami nos ha sorprendido a todos con una auténtica machada, digna de todo un corredor de maratón como él. Ha publicado, instantáneamente, los dos primeros libros de una trilogía (Tusquets los ha editado en único tomo) y antes de que finalice el 2011 nos dejará leer el último libro de 1Q84. Puede que para el 2012 se atreva con una tetralogía o con la enciclopedia Larousse. Quién sabe. Supongo que la historia desarrollada en 1Q84 la tenía en mente desde hace años y la ha ido desarrollando lentamente al tiempo que se dedicaba a otras novelas y a otras carreras. Ninguna novela surge de la nada ni se crea después de un momento mágico de inspiración, incluso cuando alguien escribe una novela en una semana o una trilogía en un año, el proceso creativo viene de lejos, probablemente hace años que la idea da vueltas en la cabeza del escritor. Sin embargo, existe un pequeño riesgo cuando se tiene ese glotón síndrome Auster: uno puede olvidar que está escribiendo y aparecen las interconexiones extrañas entre la novela publicada en febrero y la siguiente, de temática completamente distinta, que aparecerá en octubre. Yo espero que en la trilogía 1Q84 no aparezcan adolescentes fanáticos del onanismo (eso es una obviedad, señor Murakami), ni chicas recatadas que esconden una fogosidad voraz y, sobre todo, que no se le cuelen más gatos que hablan para no decir nada.
Y me gusta Murakami, de verdad.
miércoles, 23 de marzo de 2011
EL PORCHE ROSA DE SYJUCO
Es un niño pijo, se le ve en la foto. Hijo contestatario de una de influyente familia filipina que un día decidió no seguir los pasos de papi, el congresista Augusto Syjuco, y se fue a estudiar un máster en la Universidad de Columbia. Ahora vive en Canadá y desde allí ha escrito su novela Ilustrado (Tusquets). Me imagino que la redacción de la novela le ha servido como terapia para superar los conflictos con su progenitor (dice que lleva años sin hablar con él), pero además es que escribe bien. Escribe muy bien. Creo que es el primer autor al que yo leo capaz de plasmar con soltura la fluidez y frescura de una conversación de chat en un medio tan sólido y, a veces, tan rígido como es una novela. Tampoco cuenta historias ñoñas ni tramas imposibles sacadas de la biblia del buen bet-seller, algo habitual en los “niños bien” que un día deciden dedicarse a escribir novelitas. Su novela es una mezcla de metaliteratura, denuncia de la situación político-social filipina, desarraigo cultural y alguna que otra pincelada tópica sobre sus paisanos. Y está bien escrita. Muy bien escrita. Hasta que uno llega a la página 108 (en la edición del Círculo de Lectores) y se encuentra con una escena que destroza todo lo anterior. El bueno de Miguel relata, en una más de las frecuentes intercalaciones de la novela y que conforman el dinamismo de la historia, la anécdota de un emigrante filipino que mientras espera conseguir un puesto como informático en los Estados Unidos se ve obligado a realizar trabajos basura. Erning, que así se llama el tagalo, es contratado para pintar el porche de un presuntuoso yanqui. Lo tiene que pintar en un día y, para añadirle mayor hilaridad al relato, el color elegido por el cowboy para su porche es el rosa. Erning, sin demasiado esfuerzo, termina el trabajo en dos horas. El norteamericano asombrado por el trabajo del filipino, aunque lo confunde con un mexicano, le da una propina por la rapidez. Antes de irse, Erning, le indica al yanqui que el coche que tiene no es un Porsche, sino un Ferrari. Fin de la anécdota. Tuve que cerrar el libro. ¿Por qué, queridísmo Syjuco, has tenido que colocar un chiste tan viejo y tan malo en tu libro? Y de color rosa… Con lo bien que iba…
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