viernes, 19 de agosto de 2011

REIVINDICANDO A RUSSELL


Las hordas católicas han tomado Madrid. No puedes dar dos pasos seguidos por las calles sin encontrarte con sus mochilas horteras, sus camisetas JMJ (unas siglas que dan mucho juego), sus banderitas, sus vítores catequistas o sus guitarras (indultadas por la SGAE) al hombro. Todos llevan la misma expresión ñoña en el rostro, la falsa bondad jesuítica, todos aman a Dios, al Mundo y al prójimo (siempre que este, el prójimo, sea también católico). Incluso han contagiado su consigna qué bonito es todo a las beatorras y los santurrones más castizos, que por primera vez en décadas se sienten orgullosos de que la juventud tome las calles de la ciudad. Muy fraternal todo, muy católico, muy que la paz sea contigo, hermano. Un discurso que se hace añicos en cuanto les reprochas su actitud abusiva ocupando y paralizando una ciudad entera (ellos, los que más se han quejado del 15-M), o les señalas lo pornográfico del gasto que supone organizar un acto tan desproporcionado, lo pague quien lo pague, o les recuerdas que la libertad de expresión es para todos, también para los que queremos decir que no nos interesan sus creencias o que discrepamos de sus ideas. Por eso reivindico, corriendo el riesgo de que los antidisturbios me den de ostias, la lectura para todos del estupendo ensayo de Betrand Russell Por qué no soy cristiano. Incluso a los zombi-católicos les vendría bien esta lectura, aunque solo fuera por contrastar ideas, por tener referencias externas. Sin embargo, mucho me temo, comprobando las interpretaciones que hacen de esa colección de fábulas en la que basan sus creencias, que poco o nada sacarían del libro de Russell. Así que nada, que sigan celebrando, que sigan con su sentimiento eterno de culpa y, si no hay más remedio, que sigan cantando su gozo en el alma, pero con auriculares, por favor, como en el orgullo gay.

jueves, 28 de julio de 2011

DE VACACIONES CON JON BILBAO


Te vas de vacaciones. Metes en la maleta el bañador, las camisetas de publicidad hortera con las que esperas pasar desapercibido entre los humanoides playeros,  la crema protectora, el iPod con toda la discografía de Bruce y la E Street Band para homenajear a Clarence Clemons, unos porros (ya liados, porque con la brisa marina y la arena no hay quien los haga como es debido), las gafas de sol de los ochenta que ya no están de moda, un cuadernito para anotar las chorradas que la insolación te inspire y un libro para leer cuando te canses de ver tías bronceadas en top- les. ¿El título del libro? Padres, hijos y primates. ¿El autor? Jon Bilbao. Estupendo. Un planazo. Comienzas a leer y empiezan las sutiles y molestas casualidades. Un tipo llamado Joanes tiene un negocio de aire-acondicionado; en la habitación del hotel no funciona el aire-acondicionado y el de recepción tiene pinta de llamarse Joanes o algo peor. Al especialista en aires le va mal el negocio; tu situación laboral es una mierda. Aparece un suegro insoportable, un viejo verde que decide casarse con una exótica jovencita en el otro extremo del mundo; ¿por qué todos los suegros son insoportables, mucho más que las suegras, aunque estas tengan peor fama?, ¿por qué todos los viejos pierden la cabeza cuando una jovencita exótica les dice papito? Joanes&family se van a Cancún, para que el suegro pueda desflorar a sus amorcito. Cancún tiene playa, una playa igualita a la playa en la que estoy, con sus sombrillas, sus cuerpos bronceados, sus cuerpos moreno-gamba, los niños haciendo castillos de arena, los deportistas de verano jugando a la pelota, los surferos buscando olas y esquivando cabezas, los vendedores ambulantes, la música hortera del chiringuito; vamos, una playa. Y sigues leyendo páginas y más páginas y vas comprobando con cierto estupor lo mucho que se parece tu vida, tu momento, a lo narrado por el bueno de Jon.  Es lo que tienen sus historias, ya sean relatos o novelas, que siempre te recuerdan que en cualquier momento algo horrible, a veces terrorífico, puede pasar. Y pasa.  Y terrorífico. Porque el frigocalórico se encuentra con un ex profesor que le va a retorcer la vida justo en el momento en el que tú ves avanzar por el paseo marítimo a un antiguo compañero del trabajo al que hacía siglos que no veías (gracias a Dios) y sabes que si no la vida, este tipo que te saluda con un helado de pistacho en la mano te va a retorcer la tarde. Es entonces cuando cierras el libro asustado, temiendo que en cualquier momento llegue un tsunami. Miras al tipo del helado verde y decides dejar la lectura para otro momento, no sea que las serendipias continúen replicándose. Le dices lo mucho que te alegras de verle y aceptas dar un paseo con él y con ese niño que lleva de la mano, que no deja de joder con la pelota y que a ti, no sabes muy bien por qué, te recuerda a un chimpancé.
(Para quien busque una crítica más concienzuda del libro de Jon Bilbao le recomiendo leer el post dedicado a Padres, hijos y primates en http://lector-malherido.blogspot.com. Algún día, Jon, nos contarás como has sobornado a Juan Malherido para que te trate tan bien…)

martes, 19 de julio de 2011

LA CALMA DE PIGLIA


No he leído Blanco nocturno y no por falta de ganas. El problema está en que Moody’s me obliga a recortar los gastos de manera drástica y solo tengo permitido comprar libros en edición de bolsillo. Me consuela saber que no estoy tan jodido como los griegos o los portugueses, parece ser que ellos únicamente pueden leer las sinopsis de las contraportadas que se venden a precio de diez euros y en papel reciclado, lo cual, según que libros, es toda una ventaja y un ahorro de tiempo. Pero yo quería leer Blanco nocturno. Bueno, lo que quería era leer algo de Ricardo Piglia, la verdad, porque le han dado el Rómulo Gallegos y porque últimamente los de Prisa nos lo meten hasta en la sopa: que si el diario de Piglia, que si el blog de Piglia, que si una entrevista por aquí, que si una conferencia por allá… Pues bien, había que leerlo. Entonces fui a la librería de turno y encontré en edición bono-basura un ejemplar de Plata quemada (Compactos, Anagrama), que era de este tal Piglia. Me sonaba el título porque parece ser que hay una película basada en la novela. ¿Alguien ha visto esa película? Pues no hace falta. No creo que sea mejor que la novela y si no es mejor que la versión en tinta, ¿para qué ver la película? La novela va de drogas, sexo y atracos y no le falta un poquito de rock&roll. Los atracadores se ponen hasta las cejas de coca, nunca se les acaba la droga, ni la munición, tienen balas y perico sin límite como si estuvieran usando un mal truco en un videojuego: munición infinita, drogas infinitas. Los atracadores son muy malos, pero que muy malos, espeluznantes, con una sangre fría tremenda y no se cortan un pelo a la hora de cargarse a todo el que se cruza en su camino. Para contrarrestar esta vileza y virilidad los atracadores se quieren mucho entre ellos, se quieren tanto que practican el sexo oral y la sodomía entre ellos, por pura fraternidad, claro está, ellos siempre machos muy machos. Eso es lo que cuenta Piglia en Plata quemada y lo cuenta con un estilo trepidante, como si el mismo autor se estuviera esnifando la cosecha colombiana mientras escribía cada una de las páginas de la novela. No para, habla un personaje y otro y otro y se van mezclando los diálogos con las frases sueltas, con los pensamientos de los protagonistas, con las chorradas que sueltan los curiosos; de pronto está dentro de la cabeza de uno de los atracadores como salta a la conversación telefónica entre dos vecinos que observan el tiroteo final, sin detenerse ni un instante, y tú lo lees y parece que la mandíbula se te va a desencajar de tanto ritmo, de tanta palabra, igualito que cuando te metes medio gramo de golpe. Un subidón la novela, de verdad. Si os la ofrecen por las calles de Malasaña, a sesenta el gramo, comprarla, merece la pena. Dice Piglia, en el epílogo de la novela, mucho más calmado, que intentó escribir el libro como si de un trabajo periodístico se tratara, como si únicamente se hubiera limitado a transcribir las declaraciones recogidas en un magnetófono. Bueno algo más tuvo que hacer, porque si no es imposible conseguir esa fluidez en el ritmo narrativo. Yo no digo que sea un asiduo de las saunas de Chueca, que tampoco tendría nada de malo, ni que haya experimentado las sensaciones que tiene uno cuando se carga a quince o veinte personas, que con ganas nos quedamos más de uno, pero seguro que las drogas las ha probado. Y bastante. También cuenta que la idea la tuvo a finales de los sesenta, en plena época psicodélica, mucho hash y mucho LSD, cuando leyó la noticia de un atraco que conmocionó al Buenos Aires y al Montevideo de aquellos años, pero que hasta finales de los noventa no se decidió a escribirla. Es curioso eso del tiempo que puede transcurrir entre una idea y su gestación final. Pitol lo explica bastante bien en El mago de Viena. Treinta añitos tardó Piglia en escribir Plata quemada. Se lo tomó con calma, desde luego, como si le hubiera dado al diazepam en vez de a la coca. Una calma que duró tres décadas, pero mereció la pena. Estupenda lectura.

lunes, 27 de junio de 2011

EL GLUTAMATO DE GEORGE R.R. MARTIN


El secreto está en el glutamato, en el E-621. Los japoneses lo llaman umami, el quinto sabor, ni dulce, ni salado, ni amargo, ni agrio, otra cosa, más allá: sabroso. Añadido a ciertos alimentos funciona como un potenciador del sabor y hace que comas y comas y comas..., hasta reventar. Funciona como las buenas drogas; siempre quieres más. ¿Otro tirito? Pues claro. Y el señor George R.R. Martin, que de esto de la gastronomía (solo hay que ver la foto) y de telenovelas sabe un huevo, se ha montado un laboratorio clandestino en los sótanos de su casita de madera yankee donde prepara su exitosa receta al más puro estilo coca-cola. Los ingredientes básicos: sexo, violencia, vanidad, sexo y más sexo (sin olvidar el incesto); los ingredientes de toda la vida a la hora de elaborar un buen betseller. Luego, como a él le va el rollo Tolkien (solo hay que mirar la foto para ver que se trata de un Bolson entrado en carnes) lo ha ambientado todo en un mundo de fantasía medieval a punto de sufrir una glaciación. Claro que Martin no es Tolkien, menos mal. El autor de El Señor de los Anillos I, II y III y otros hobbits era un lingüista y los lingüistas, como cualquiera sabe, son unos pelmazos insoportables. Así que George nos ha evitado las disquisiciones antropológicas sobre el estructuralmente intachable lenguaje élfico y las cientos de páginas dedicadas a la descripción de unos maravillosos paisajes más propios de una guía de National Geographic que de una novela para centrarse en lo verdaderamente importante: la violencia, el sexo y… más sexo (sí, incesto también) y algo más de violencia, por si te sabe a poco. Tampoco hay hobbits en la saga de Canción de Hielo y Fuego, aunque si hay un enano, ni orcos, ni trolls ni los jodidamente perfectos elfos (especialmente Liv Tyler). Hay unos lobos gigantescos y una especie de zombies a lo Jack Finney y una trama a lo Peckinpah, donde no hay protagonistas indiscutibles porque sabes, lo adivinas pronto, que todos, tarde o temprano, van a morir. Por lo demás todo bastante normal, ya digo: sexo, violencia y más sexo (¿repito lo del incesto?). Esos son los ingredientes de George R.R. Martin, los de toda la vida. ¿Y por qué funciona tan bien? ¿Por qué los de HBO han decidido hacer una serie? ¿Por qué los libros se agotan incluso antes de llegar a las librerías? ¿Por qué aunque no te guste el género (a mí personalmente no me gusta) te engancha igualito que la merca del Manolo? ¿Por qué aunque veas que la saga va para siete entregas a una media cada una de 800 páginas no te desanimas y dices: dame más, dame más, dame más? Pues por el glutamato, el puñetero E-621, que será cancerígeno, seguro, pero qué rico está.

jueves, 23 de junio de 2011

BOLAÑO EN LA ACADEMIA DE LA HISTORIA

Anda el ambiente muy caldeado últimamente con la Real Academia de la Historia y con su inmenso Diccionario Biográfico. Yo creo que no es para tanto. Quienes se enfadan con dicha institución se olvidan del verdadero propósito y significado de la Academia a pesar de que el nombre de la misma lo evidencia: Real por monárquica, no por realista ni verídica; Academia en cuanto a casa donde los académicos tienen sus juntas (segunda acepción recogida por el DRAE), donde se toman unas copitas y hablan distendidamente de sus cosas y otros cotilleos; de la Historia entendiendo como Historia aquellas historietas que uno se inventa para hacer más amenas las veladas (narración inventada, dice también el DRAE). Teniendo estos parámetros claros no hay motivo para enfadarse con ellos ni con ese costoso (pagado con el dinero de todos) Diccionario Biográfico. No es que hayan tergiversado la Historia ni que hayan omitido datos, simplemente han optado por seguir una tradición literaria que, como cualquier otra, se origina en Homero y que consiste en recrear, más exactamente en inventar. Estoy convencido de que sus fuentes son fidedignas y de que existe un arduo trabajo de documentación detrás de cada entrada del denostado diccionario. Según me ha contado un pajarito uno de los documentos en los que se han basado para su perfil franquista, no como fuente directa, sino transversal, fue la maravillosa obra de Bolaño: La literatura nazi en América, donde los nazis no son tipos deleznables y donde se demuestra que las bases de su ideología tienen más que ver con el bucolismo pastoril que con el fanatismo o la intolerancia. Solo así se entiende la extraordinaria visión idílica (incluso lírica) que de Franco presentan. No se trata, pues, de una obra Histórica, sino historiada; vamos, una ficción, ni más ni menos. Siguen los pasos de Marcel Schowb, de Borges, de Aub y su pintor Jusep Torres Campalans, del propio Bolaño. Lo único que yo les reprocharía es la falta de estilo, de elegancia prosística, la ausencia de una retórica cuidada, el simplismo de la sintaxis utilizada y eso, tratándose como se trata de una obra de ficción, es un pecado imperdonable.

lunes, 20 de junio de 2011

LA SUERTE DE SEMPRÚN


Los más cínicos dirán que tuvo suerte. Nació en una familia de la alta burguesía, emparentada con la nobleza, acostumbrada a ocupar importantes cargos públicos, su abuelo, Antonio Maura, llegó ser primer ministro durante el reinado de Alfonso XIII. Tuvo una educación excelente que sería vital para su supervivencia años más tarde. Se libró de los horrores de la guerra civil española trasladándose con toda su familia a La Haya, donde su padre era embajador de la República. Después París, el romántico París. Apenas es un adolescente cuando colabora con la Résistence. Es detenido por los alemanes y torturado, pero sobrevive, se libra de ser fusilado. A cambio le trasladan al campo de Büchenwald, le ponen el triángulo rojo y le dan el número 44904. Su perfecto dominio de la lengua aria, gracias a aquella excelente educación recibida en su infancia, y unos escasos conocimientos de mecanografía le permiten eludir los trabajos forzosos e inhumanos a los que eran sometidos el resto de presos y, principalmente, los hornos crematorios. Se convierte en una pieza fundamental dentro de la organización comunista del campo y gracias al puesto administrativo al que le han destinado los alemanes consigue librar a muchos compañeros de una muerte más que segura. Algunos le acusaron de ser un kapo, acusaciones que tienen más que ver con su militancia política, con el poder de los comunistas dentro de Büchenwald, que con una posible colaboración directa con los alemanes. Lo importante es que sobrevive al horror nazi. Se traslada a París. Poco a poco va adquiriendo mayor peso en la jerarquía del Partido Comunista Español en el exilio. A mediados de los cincuenta Santiago Carrillo le ordena la misión de reestructurar el Partido en el interior. Son los años de Federico Sánchez. Al comienzo de los sesenta abandona esta actividad clandestina y se centra en la creación literaria y cinematográfica. Volvió a tener suerte. Su sucesor en la clandestinidad, Julián Grimau fue descubierto por la policía franquista y fusilado. Le expulsan del Partido Comunista por desavenencias ideológicas y evita ser víctima de la debacle de una ideología. Más suerte. Felipe González le ofrece el Ministerio de Cultura, cargo que ostenta durante tres años y al que renuncia poco antes de que empiece el declive del gobierno de Felipe González. Tuvo suerte, sí. La suerte de ser actor y no público de buena parte del siglo XX. La suerte del superviviente. La suerte de la víctima condenada a tener memoria, necesitada de contar lo que vio, lo que hizo, lo que sintió, lo que le hicieron, lo que le obligaron a sentir. Y eso es lo que hizo. Contarnos como sucedieron las cosas. Y, para colmo, tuvo la suerte de hacerlo bien.