Un día
Méli me recomendó el cómic de Étienne Davodeau Los ignorantes. Yo tomé buena nota de su sugerencia, no en vano
hace unos años me regaló una novela titulada Grandes pechos, amplias caderas, de un tal Mo Yan y, ya ven, ahora
el chino desconocido es todo un premio nobel.
Así que me agencié el cómic de marras y me sumergí en sus viñetas y en
sus viñas. Con un trazo amable y reposado Davodeau nos conduce por un viaje a
través del mundo de los vinos y de los cómics. La propuesta es sencilla: el
autor queda con su buen amigo Richard Leroy viticultor de la ribera del Loira y
mientras uno le enseña al otro el apasionante mundo del cómic el otro le hace
entender que hay tras la botella de un buen vino. La poda, el abono (químico o
no), la vendimia, la fermentación (también química o no) del vino, la elección
de la cuba adecuada, el manuscrito, los
editores, la feria de Angulême, la impresión, la experiencia del dibujante,
todo un año de convivencia entre el cómic y el vino. Una idea original y
novedosa dentro del mundo de la viñeta, más propio de un documental que de un
tebeo, pero que ha resultado ser todo un acierto que probablemente tenga sus
continuadores. Si algo destila este último trabajo de Davodeau es amabilidad y
un sincero amor por el cómic y por el vino, el buen vino y la buena viñeta, una
combinación deliciosa. Delicatessen.
martes, 30 de octubre de 2012
miércoles, 24 de octubre de 2012
SIMENON, EL GRANDE
George Simenon fumaba en pipa. También escribía novelas. Hay quien asegura
que escribió tantas novelas como veces rellenó las cazoletas de su colección de
pipas, solo de la serie del comisario Maigret
son más de 103 títulos. Además, Simenon
era belga. Algunos piensan que era francés y los franceses, como con Picasso, siguen asegurando que era
francés, pero él nació en Lieja. A los dieciséis años trabajó como periodista
de sucesos, en el La Gazette de Liège, usando el pseudónimo de G. Sim. Llegó a París en los
frenéticos años veinte y conoció la vida bohemia y artística del momento,
incluso fue amante de Joséphine Baker.
Aprendió a navegar. Recorrió los canales de Francia, el Mediterráneo, viajo por
toda Europa, por África, por la peligrosa Rusia comunista, entre 1934 y 1935
dio la vuelta al mundo y tras la Segunda Guerra Mundial se pasó diez años dando
vueltas por el continente americano. Y encima, sacó tiempo para escribir y
escribir y escribir y escribir porque, dejando a un lado estos datos
superficiales, George Simenon era
ante todo escritor, un enorme escritor. La mayoría le conocen por su personaje
más carismático, el comisario Maigret, convertido hoy en día en uno de
los múltiples arquetipos detectivescos, sin nada que envidiar a Sherlock
Holmes, al Padre Brown o a Philip
Marlowe. Sin embargo, Simenon
escribió más que novelas, estupendas, maravillosas novelas policiacas. Escribió
miles de artículos y reportajes, más de cien novelas que nada tienen que ver
con Maigret y una monumental biografía en veintiún volúmenes. Se pasó la
vida escribiendo. Su estilo no es estridente ni melodramático ni transgresor,
narra de forma tranquila, sencilla, sin artificios, una sencillez que le
convierte en grande, en uno de los mejores escritores del siglo XX. Entre mis
novelas favoritas no está ninguna de Maigret, prefiero esas otras
donde la decadencia humana se desnuda gracias a una intriga sin sobresaltos: Los
hermanos Rico, La sed o El hombre de Londres.
domingo, 7 de octubre de 2012
DIEGO MOLDES O UNA EXCUSA PARA HABLAR DE JODOROWSKY
Un
libro, una película, un cómic, una performance, un trauma familiar, unas cartas
del tarot, cualquier excusa es buena para hablar de Jodorowsky, de hecho,
siempre habría que hablar de Jodorowsky. Diego Moldes se ha currado toda una
tesis doctoral para poder hablar de él y ahora Cátedra publica parte de este
trabajo, Alejandro Jodorowsky, se titula. En principio el libro habla del cine del
polifacético artista chileno, intenta centrarse en su filmografía, desde el
punto de vista cronológico hasta el punto de vista semiótico, desde el guión
con antecedentes dadaístas hasta el simbolismo místico, estrenos, censuras, peripecias,
culos beatlelianos, éxitos y fracasos; todo el cine de Alejandro Jodorowsky
queda expuesto en este estupendo trabajo de Diego Moldes. Ahora bien, ¿solo
habla del cine? ¿Es posible hablar del cine Jodorowsky sin hablar de todo lo
demás? Creo que no. Creo que no se puede aplicar el bisturí académico y
diseccionar la parte fílmica del resto de su obra creativa, Diego Moldes ni
siquiera lo intenta, aunque parezca que sí, que únicamente quiere hablar de su
cine, pero no, no lo hace, es imposible. El mismo Jodorowsky escribe el prólogo
del libro y, entre otras alabanzas, felicita a Moldes por haberle mostrado su
propio hígado, una metáfora anatómica que
no es casual porque al igual que la circulación sanguínea depende del hígado,
que filtra y purifica, la obra del chileno parte de un tronco común: sus
vísceras. Jodorowsky es un tipo hiperactivo con pintas de sabio, de maestro
zen, a veces de loco, ese loco que dice las verdades. Ha sido titiritero, mimo,
poeta, actor, inventó las performance antes de que existieran las performances,
se exilio de Chile por motivos artísticos, se hizo francés aunque a veces lo
lamente, fundó el Movimiento Pánico, ha escrito y dirigido obras de teatro,
películas, guiones de cómic, practicó el psicoanálisis, estudió el chamanismo,
echa las cartas en un café de París una tarde a la semana de manera altruista
(aunque avisa de que es incapaz de adivinar el futuro), ha conocido, trabajado
y colaborado con: André Breton, Nicanor Parra, Marcel Marceau, Gaston
Bachelard, Jean Cocteau, Fernando Arrabal, Roland Topor, Erich Fromm, Roman
Polanski, George Harrison, Moebius, Salvador Dali, Pink Floyd, Fellini y otros
muchos más. Alejandro Jodorowsky necesita más que una tesis doctoral de
setecientas páginas, o un libro de quinientas, puede que necesite una
enciclopedia. Así que desde aquí animo a Diego Moldes para que se lance a un
nuevo trabajo de investigación, quizá, tal vez, sobre el cómic del chileno, por
qué no. Cualquier excusa con tal de hablar de Jodorowsky.
viernes, 21 de septiembre de 2012
PACO ROCA, HISTORIETISTA
Paco Roca cuenta historias. Las
cuenta con trazos y grafos, en viñetas, con bocadillos y onomatopeyas. Algunos
lo llamarán novela gráfica, otros dirán cómic,
incluso habrá nostálgicos que usarán aquello de tebeo. Muchos pensarán que no es propiamente literatura lo que
hace Paco Roca, no son más que dibujos
afirmaran sentenciosos y orgullosos de su anquilosado sistema clasificatorio.
Son siempre los mismos, los fanáticos del encasillamiento, los devotos de los
géneros, etiquetadores compulsivos, aquellos que menosprecian todo lo que se
escapa a sus cajones de archiveros. Paco Roca cuenta historias, eso le convierte
en narrador, así de simple. Quien no esté convencido que lea (ese es el verbo
que usamos para los cómics: leer) Arrugas y podrá comprobar, con las
salvedades contemporáneas, como se trata de un producto “ajustado” a la poética
aristotélica.
Y si le gusta Arrugas que siga con cualquiera de sus
otros libros, por ejemplo con El invierno
del dibujante donde Paco Roca cuenta/narra/dibuja las condiciones laborales
y la escasa consideración que se tenía en los años cincuenta de la España franquista
por los historietistas. Una situación
que no ha cambiado mucho, aunque pensemos que sí.
Por cierto, si se plantea la
posibilidad de otorgar reconocimientos literarios como el Nobel de Literatura a ciertos
cantantes, ¿cuándo se reivindicará lo mismo para los autores de cómic?
lunes, 10 de septiembre de 2012
LA SOMBRA DE LUISGÉ
He tardado tiempo en descubrirlo,
reconozco que soy un completo despistado, pero finalmente me he dado cuenta:
Luisgé Martín es ese tipo que se cuela en las fotografías de los demás, sí, esa
cara que de pronto descubres un día tras tu posado más natural junto a tu
pareja, con el monumento de turno de fondo, en un atardecer perfecto. ¿Quién es
este? ¿Qué hace aquí? Pues es Luisgé Martín, ya lo saben. Tiene cara de buen
tipo, vale, lo reconozco. Es un buen tipo, vale, hasta donde sé lo es. Escribe
estupendamente, vale, es cierto. Sin embargo, a mí me da miedo. Cuánto sabe
Luisgé. Por qué lo sabe. Desde dónde te espía Luisgé. Quién es realmente
Luisgé. Un escalofrío recorre mi espalda ante estos interrogantes. Hace tiempo
leí Los amores confiados y página a
página era como si alguien fuera desgranando mi vida, mis inquietudes, no mis
experiencias sino lo profundo de las vivencias, como quien pasa por un tamiz
las anécdotas y te deja un destilado con más graduación que la dichosa absenta,
con un concentrado de ti mismo que, vale, lo lees, sí, y quieres más, de
acuerdo, y otra, la penúltima dices, pero la botella no tiene fin y tú tragas y
tragas hasta que al día siguiente amaneces con la sensación de haber pasado una
noche entera en un tiovivo descarrilado y con una resaca de ti mismo, insoportable.
¡Joder! Maldices. Quién me mandó a mí leer nada del tipo este. Nadie, pero es que
tiene cara de buen tipo. Claro, será eso. Pasa el tiempo y a este buen tipo le
da por escribir otra novelita, Las manos
cortadas, que va sobre Allende, aunque realmente no va sobre Allende, o sí,
o no, o al contrario, bueno, es lo mismo. Bien, ya está, dije. A mí los muertos
en los hoteles ni de lejos y con Allende poco tengo que ver, salvo el orgullo
del resistente. Bien, dije. Estupendo. La novela también era estupenda. Claro.
Estupendo, me repetí, por si no había quedado claro la primera vez.
Maravilloso. Mucho más contundente. Parece que Luisgé se ha olvidado de mí y
continúa con su vida. Así parecía cuando le otorgaron el Premio del Tren con Los años más felices. Vale, sonreí. Yo y
el tren… Nada, que desde que han quitado los nocturnos y los regionales, desde
que no existe el tren correo y todo es Ave, yo al autobús. Así que confiado volví
a decir aquello de: Maravilloso. Se me llena la boca cuando lo digo:
Ma-ra-vi-llo-so, pruébenlo. Pero qué majete que es Luisgé. Y por fin se ha
olvidado de mi vida. Sí…
Contento que andaba yo, ufano,
risueño… Hasta que este año, allá por la primavera… volvió… Sí, volvió a
colarse en una de mis fotos, volvió a hurgar en las profundidades adormiladas
de mi subconsciente, en los recuerdos transfigurados, en las vivencias
orfidaladas, en ese yo que no soy yo, pero que es más yo que mi yo o que el yo
que otros ven… Sí, volvió… La mujer
sombra, lo titula, claro, claro… Y es que encima tiene cara de buen tipo…
Pero no se fíen… La mujer sombra… Los
dos sabemos muy bien como se llama… Miedo me das, Luisgé. Eso sí, la novela,
estupenda. De verdad, estupenda. Maravillosa, eso.
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