martes, 19 de julio de 2011

LA CALMA DE PIGLIA


No he leído Blanco nocturno y no por falta de ganas. El problema está en que Moody’s me obliga a recortar los gastos de manera drástica y solo tengo permitido comprar libros en edición de bolsillo. Me consuela saber que no estoy tan jodido como los griegos o los portugueses, parece ser que ellos únicamente pueden leer las sinopsis de las contraportadas que se venden a precio de diez euros y en papel reciclado, lo cual, según que libros, es toda una ventaja y un ahorro de tiempo. Pero yo quería leer Blanco nocturno. Bueno, lo que quería era leer algo de Ricardo Piglia, la verdad, porque le han dado el Rómulo Gallegos y porque últimamente los de Prisa nos lo meten hasta en la sopa: que si el diario de Piglia, que si el blog de Piglia, que si una entrevista por aquí, que si una conferencia por allá… Pues bien, había que leerlo. Entonces fui a la librería de turno y encontré en edición bono-basura un ejemplar de Plata quemada (Compactos, Anagrama), que era de este tal Piglia. Me sonaba el título porque parece ser que hay una película basada en la novela. ¿Alguien ha visto esa película? Pues no hace falta. No creo que sea mejor que la novela y si no es mejor que la versión en tinta, ¿para qué ver la película? La novela va de drogas, sexo y atracos y no le falta un poquito de rock&roll. Los atracadores se ponen hasta las cejas de coca, nunca se les acaba la droga, ni la munición, tienen balas y perico sin límite como si estuvieran usando un mal truco en un videojuego: munición infinita, drogas infinitas. Los atracadores son muy malos, pero que muy malos, espeluznantes, con una sangre fría tremenda y no se cortan un pelo a la hora de cargarse a todo el que se cruza en su camino. Para contrarrestar esta vileza y virilidad los atracadores se quieren mucho entre ellos, se quieren tanto que practican el sexo oral y la sodomía entre ellos, por pura fraternidad, claro está, ellos siempre machos muy machos. Eso es lo que cuenta Piglia en Plata quemada y lo cuenta con un estilo trepidante, como si el mismo autor se estuviera esnifando la cosecha colombiana mientras escribía cada una de las páginas de la novela. No para, habla un personaje y otro y otro y se van mezclando los diálogos con las frases sueltas, con los pensamientos de los protagonistas, con las chorradas que sueltan los curiosos; de pronto está dentro de la cabeza de uno de los atracadores como salta a la conversación telefónica entre dos vecinos que observan el tiroteo final, sin detenerse ni un instante, y tú lo lees y parece que la mandíbula se te va a desencajar de tanto ritmo, de tanta palabra, igualito que cuando te metes medio gramo de golpe. Un subidón la novela, de verdad. Si os la ofrecen por las calles de Malasaña, a sesenta el gramo, comprarla, merece la pena. Dice Piglia, en el epílogo de la novela, mucho más calmado, que intentó escribir el libro como si de un trabajo periodístico se tratara, como si únicamente se hubiera limitado a transcribir las declaraciones recogidas en un magnetófono. Bueno algo más tuvo que hacer, porque si no es imposible conseguir esa fluidez en el ritmo narrativo. Yo no digo que sea un asiduo de las saunas de Chueca, que tampoco tendría nada de malo, ni que haya experimentado las sensaciones que tiene uno cuando se carga a quince o veinte personas, que con ganas nos quedamos más de uno, pero seguro que las drogas las ha probado. Y bastante. También cuenta que la idea la tuvo a finales de los sesenta, en plena época psicodélica, mucho hash y mucho LSD, cuando leyó la noticia de un atraco que conmocionó al Buenos Aires y al Montevideo de aquellos años, pero que hasta finales de los noventa no se decidió a escribirla. Es curioso eso del tiempo que puede transcurrir entre una idea y su gestación final. Pitol lo explica bastante bien en El mago de Viena. Treinta añitos tardó Piglia en escribir Plata quemada. Se lo tomó con calma, desde luego, como si le hubiera dado al diazepam en vez de a la coca. Una calma que duró tres décadas, pero mereció la pena. Estupenda lectura.

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